12. UTOPÍA: Juguemos a lo imposible.

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En este episodio vamos a finalizar el recorrido que iniciamos por los MUNDOS POSIBLES desde tres enfoques que a lo largo de los siglos enriquecieron notablemente la imaginación y las aspiraciones humanas. Hoy nos aproximaremos a la UTOPÍA. ¿Qué es una utopía? ¿Por qué es un concepto importante en torno a la condición humana? ¿Es posible alcanzar su realización algún día? ¿Qué papel juegan la justicia y la libertad en una sociedad con estas características?

Con historias interesantes y pluralidad de discursos vamos a intentar responder estas preguntas.

PARTE 1: CONOCER LA UTOPÍA.

Alguna vez mencioné, en algunos de nuestros episodios anteriores, la tristeza que me producía mirar hacia atrás y ver la historia humana, en general, como la historia de sus conflictos. La escritura nos ha permitido conservar desde hace milenios la evidencia de los acontecimientos más importantes de nuestra especie, aunque ya revisamos en el episodio anterior la importancia de quiénes y para qué son contados los relatos de estos acontecimientos; no obstante, nuestra memoria colectiva permite que tengamos una idea más o menos compartida de quiénes somos y de dónde venimos. Todo ello sirve, claro está, si lo utilizamos para reinterpretar nuestro presente y al mismo tiempo suponer con alguna precisión: hacia dónde vamos.

El pasado no existe, es simplemente una suma de relatos que nos contamos pero que ya no están ahí, sin importar cómo ocurrieron, no están!, el futuro tampoco existe, es un conjunto de suposiciones y especulaciones mentales que elaboramos para predecir o dirigir nuestras acciones hacia una meta específica; ni siquiera los algoritmos más sofisticados actualmente pueden profetizar mediante sus cálculos, aspectos complejos de la condición humana. Así pues, nos queda solo el presente, este perpetuo flujo del devenir que experimentamos ininterrumpidamente (Salvo el sueño o la inconsciencia).

Nuestra curiosidad natural nos obliga a pensar en qué ocurrirá mañana, qué rumbo tomarán los sucesos que en este presente se constituyen como importantes, desde la política, la economía o la vida cotidiana de cada quien…. Y aunque cada suposición individual está condicionada por el contexto sociocultural, experiencias personales e información retenida sobre el mundo, hay algo que parece manifestarse como una tendencia común: aspiramos a una especie de paraíso terrenal. Deseamos poder vivir en paz, en sociedades igualitarias donde podamos ser libres, al mismo tiempo que felices. Donde no se nos imponga nada por la fuerza y tanto el bien común, como el individual, sean una realidad visible día a día, en cada situación. Todos queremos la mejor parte del pastel o, al menos, una parte del pastel, todos deseamos hacer de nuestros días una aventura diferente y de alguna manera, justificar nuestra vida mediante el disfrute, el placer o el servicio. De hecho hay quienes imaginan que todo esto puede lograrse al mismo tiempo, para todos.

No obstante cuando observamos fijamente nuestra realidad, caemos en cuenta de lo estúpido que puede llegar a ser, “perder mucho tiempo en estas ensoñaciones”, ya que estamos tan lejos de ese Edén prometido que conformarnos con no morir muy pronto en la tierra, parecería ser más que suficiente.

Está bien, no estoy llevando esto hacia el tono pesimista que parece tener, pero creo que la primera tarea es apoyarnos en la realidad y la verdad, actualmente tenemos muchos factores que nos alertan con vehemencia sobre las acciones que debemos tomar si no queremos continuar dirigiéndonos hacia el precipicio. Las consecuencias desastrosas de un colapso global serían por supuesto desembocar en una Distopía, como lo revisamos en episodios anteriores, sin embargo, también hemos resaltado en diversas oportunidades que el espíritu humano, por su naturaleza misma, se muestra dispuesto tanto a lo más temible de la maldad, como también a los actos de redención más sublimes que puedan pensarse.

A simple vista podríamos juzgar mal, pero los datos y la información que podemos recoger gracias a la sofisticación de muchos de nuestros procesos cotidianos nos dicen que hoy, es definitivamente mucho mejor que ayer.

Al respecto de cómo vivimos hoy, el Dr. Steven Pinker, quien es un reconocido autor, psicólogo cognitivo y lingüista, ha desarrollado una interesante tesis sobre por qué hoy, a pesar de la creencia popular, las sociedades viven mucho mejor, más organizadas y con menos violencia que hace algunos siglos. Son de notable reconocimiento sus intervenciones en charlas TED, así como sus obras:

How the Mind Works (1997)

The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined (2011)

Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress 2018.

“La cuarta explicación fue capturada en el título de un libro llamado The Expanding Circle, por el filósofo Peter Singer quien argumenta que la evolución legó a los humanos un sentido de empatía: la capacidad de tratar los intereses de los otros comparándolos con los propios. Desafortunadamente, siempre lo aplicamos solo a un estrecho círculo de amigos y familiares. Las personas fuera del círculo son tratadas como infrahumanas y pueden ser explotadas con impunidad. Pero en la historia el círculo se ha expandido, se puede ver cómo un registro histórico se expande a partir de la aldea, al clan, a la tribu, a la nación, a otras razas, a ambos sexos y , de acuerdo al mismo Singer, algo que deberíamos ampliar, a otras especies vivas.”

La utopía se presenta entonces como una posibilidad, la mejor de todas, donde el ser humano convive en armonía con el entorno y tiene la capacidad de convertirse en la mejor versión posible de sí mismo como especie. Sin embargo, las preguntas fundamentales surgen de inmediato: ¿Quién o quiénes serían los responsables de tomar las decisiones para ordenar una sociedad con estas características? ¿Cómo operaría la justicia? ¿Cómo evitar que algunos abusen de sus posiciones ventajosas sobre otros que confían a ciegas en el sistema?. Son las mismas preguntas que nuestros sistemas actuales no logran responder, así como nosotros mismos demostramos permanentemente que estamos dispuestos a tomar cualquier ventaja que se presente, a veces sin importar el bienestar del otro. Vivir en una sociedad perfecta o utópica, donde nadie toma lo que no le pertenece, nadie asesina, nadie destruye, nadie crea rumores para herir, en general, nadie padece hambre o necesidades físicas, en general, una sociedad en la que hay de todo para todos … eso es un un sueño, es imaginar lo imposible. Quizás estos ideales nos han permitido alcanzar nuestras mejores versiones actuales de sociedad, tan imperfectas como se presentan, ¿debemos entonces conformarnos? O vale la pena movilizar todo cuanto sea posible para alcanzar la Utopía, es más ¿Cuál Utopía? ¿La que acabas de escuchar? La del vecino?, ¿la del conductor del autobús, o la del alcalde de la ciudad?.

Aquí es donde yace una de las grandes dificultades para establecer utopías funcionales y duraderas. Nuestra subjetividad natural hace que tan solo en un aspecto tan fundamental como la Justicia, o el sentido de la justicia como tal, empecemos a tener desacuerdos.

SEGUNDA PARTE: EXPLICAR LA UTOPÍA.

El cine y la literatura nos han presentado las sociedades utópicas como sinónimo de perfección, equidad y convivencia feliz. Por lo general son comunidades futuristas donde se ha logrado erradicar la pobreza, las enfermedades, la segregación racial o étnica y donde el bien común es simplemente el estado o el orden natural de las cosas. Vale la pena recordar que algunas de las grandes distopías literarias como Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, se presentan bajo la fachada de una utopía, es decir, bajo las capas superficiales de estas sociedades perfectas, donde todos son felices y han derrotado algunas de nuestras dificultades del hoy, se oculta una trama siniestra que evidencia cómo para mantener funcional y operante este aparente sistema perfecto, es necesario el uso de drogas para estimular a la población gestionar un control totalitario de las libertades personales entre otras medidas.

Parece que el precio a pagar para conservar la estabilidad de un sistema de estas características es demasiado alto, o , al menos así lo consideramos desde el conocimiento y la experiencia que nos arroja nuestro presente.

La pregunta clave aquí es: ¿Hasta dónde estás dispuesto a realizar sacrificios personales por el bien común?

Para concentrarnos en un análisis más aterrizado veamos lo que se entiende comúnmente por utopía:

1.“Plan o sistema ideal de gobierno en el que se concibe una sociedad perfecta y justa, donde todo discurre sin conflictos y en armonía.

"Tomás Moro acuñó en el siglo XVI la voz ‘utopía’ en una obra del mismo título en la que imaginó una isla desconocida en la que se llevaría a cabo la organización ideal de la sociedad"

2. Proyecto, deseo o plan ideal, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable.

"bajo forma de aspiración íntima, ensueño o utopía, el hombre, simplemente por ser hombre, aspira a su plena felicidad"

El término Utopía proviene del griego U-Topos que significa No lugar. Lo usó el inglés Tomás Moro para titular una obra que publicó en 1516 donde proponía la organización del estado en una sociedad que podríamos llamar “perfecta”. Sin embargo, la visión de mejores sociedades ya había sido la inquietud intelectual de pensadores previos. El registro más antiguo y prominente es por supuesto el de Platón, que desarrolló en su diálogo La República, sus propias consideraciones sobre lo que debería ser un estado ideal.

Aquí cabe destacar uno de los ejemplos que, a mi juicio, mejor pueden ilustrar el problema de idealizar sociedades justas. La justicia es un tema que ha ocupado por siglos a los filósofos y no en vano, pues precisamente el sentido de ser justo o bueno, es lo que determina las acciones y las decisiones que a diario ejecutamos. De hecho actuar o no actuar frente a determinada situación, implica el mismo grado de responsabilidad, la inacción también trae consecuencias.

En esta paradójica cuestión de la justicia y nuestra natural tendencia a buscar el beneficio propio por sobre el de los demás, Platón propone una historia muy interesante: el Anillo de Giges, es Glauco quien la narra:

Dicen que era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; abrióse la tierra y apareció una grieta en el mismo lugar en que él apacentaba. Asombrado ante el espectáculo, descendió por la hendidura y vio allí, entre otras muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce, hueco, con portañuelas, por una de las cuales se agachó a mirar y vio que dentro había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano; quitósela el pastor y salióse. Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenzaron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, repitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a Palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino.

Se concluye entonces que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia.

TERCERA PARTE: SOÑAR LA UTOPÍA

Sin duda, la justicia y la manera en que deberíamos comportarnos en ausencia del otro, para el otro, es un factor determinante a la hora de pensar en cómo podríamos organizarnos en una hipotética sociedad utópica. Es por ello que volvemos al problema del costo personal o colectivo. El socialismo, por ejemplo, es una utopía, donde todos tienen cuanto necesitan, no hay propiedad privada y no puede generarse la codicia en un entorno de estas características; del otro lado, el capitalismo es también una utopía, donde puedes alcanzar tu libertad solo mediada por el intercambio económico con un estado con poco protagonismo. En el papel, ambas son atractivas y seducen, pero traerlas a la realidad acarrea la imposición y la fuerza y es allí donde el sueño, antes de nacer, se extingue. Sobre este aspecto, el historiador y filósofo Yuval Hararí plantea una interesante idea en su obra 21 lecciones para el Siglo XXI.

Como lo mencionamos anteriormente, jugamos permanentemente a la Utopía, no podemos escapar a la naturaleza de nuestra imaginación, que es precisamente con la cual hemos conquistado de muchas formas el mundo en el que vivimos. Si bien es cierto que vivimos en sociedades imperfectas, parece que son, después de siglos de confrontaciones, tensiones y distensiones, la mejor expresión que podemos tener, la mejor versión. Digo “parece” porque tampoco estoy del todo convencido y creo que podríamos alcanzar mejores formas de organización social. Al respecto, esta es la conclusión del Dr. Pinker sobre su idea de bienestar en el presente siglo y cómo está notablemente relacionada con las ideas de Platón sobre la justicia, lo que hacemos mal, pero también, las cosas que medianamente hemos hecho bien:

La pregunta es si esto ha ocurrido ¿Qué ha impulsado tal expansión? Y el número de posibilidades sugiere el incremento de los círculos de reciprocidad en el sentido que propone Robert Wright. La lógica de la “Regla de Oro”, entre más pienses acerca de e interactúas con otras personas, más te darás cuenta de que es insostenible privilegiar tus intereses sobre los de ellos, al menos no si quieres que ellos te escuchen. No puedes decir que mis intereses son especiales comparados con los tuyos, tanto como tampoco puedes decir que el punto en particular en el que estoy parado es un lugar único en el universo porque ocurre que estoy parado en él en este preciso momento. También podría estar impulsado por el cosmopolitismo: por historias, periodismo, memorias ficción realista, viajes y alfabetismo, los cuales te permiten proyectarte en las vidas de personas que anteriormente habías tratado como infrahumanos y también darte cuenta de la contingencia accidental de tu situación en la vida; la sensación de que : “me podría haber pasado a mí”. Cualesquiera que sean sus causas, la disminución de la violencia tiene profundas implicaciones. Esto debería forzarnos a preguntar preguntar no solo ¿por qué hay guerra? Sino también ¿Por qué hay paz? No solo ¿Qué estamos haciendo mal? Sino ¿qué hemos estado haciendo bien? Porque hemos estado haciendo algo bien y de seguro sería bueno averiguar qué es.

Soñar la utopía, ese lugar físico, ese estado de consciencia, ese “algo” que alude a perfección, ese paraíso o cielo al que aspiramos. ¿Es una mala idea? ¿Es una ilusión vana a la que no debemos prestar mayor atención? Es el resultado de nuestro inconformismo, que a la vez es parte de nuestra condición humana?

No tengo las respuestas a estas preguntas, pero creo que intentar responderlas desde diferentes ángulos, puede ayudarnos a encontrar caminos de encuentro. Somos casi ocho billones de personas, envueltos día a día en centenares de capas socioculturales. Estamos separados, sí, geográficamente y en la mayoría de casos, por el lenguaje. No obstante compartimos lo esencial de nuestra humanidad, tanto aquello que etiquetemos bueno, como lo malo e inapropiado, las sonrisa de un niño que juega bajo la lluvia en Beirut, las lágrimas de una madre que sepulta a su único hijo en Siria, el corazón agitado de un ingeniero que entrega un puente nuevo conectado dos islotes en Japón, el dolor de un hombre amputado por una mina antipersona en alguna selva de Colombia…

La capacidad de imaginar mundos posibles es un rasgo que desarrollamos usando lo mejor que la naturaleza nos ha ofrecido: nuestro cerebro, que conecta pensamientos y estimula emociones gracias a millones de neuronas y neurotransmisores; con cada experiencia que tenemos en el mundo. Soñar la utopía, cualquiera que sea, no debería ser más un acto superfluo, es quizás un ejercicio válido que nos ayude a interpretar mejor nuestro presente para actuar en consecuencia. Soñar la utopía es creer en el otro, al mismo tiempo que intento creer en mi; soñar la utopía no es cerrar los ojos ante la realidad presente, al contrario, es proponer las transformaciones que consideramos necesarias para alcanzarla, de la manera más fiel posible.

Soñar la utopía parece un juego de niños… pero no lo es. Es sencillamente, una tarea de los adultos. Tal vez luego de que nosotros la soñemos, ellos solo deban construirla…

...tal vez.

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  1. Steve Pinker https://en.wikipedia.org/wiki/Steven_Pinker
  2. Utopía Tomás Moro https://es.wikipedia.org/wiki/Utop%C3%ADa_(Tom%C3%A1s_Moro)
  3. Yuval N. Harari https://www.ynharari.com/
  4. Steven Pinker Charla TED

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