13. A MITAD DE CAMINO: Dos Anuncios y Una Historia Sobre el Deber y el Honor.

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Por Charlie Ocampo descubierto por Player FM y nuestra comunidad - los derechos de autor son propiedad de la editorial, no de Player FM, y el audio se transmite directamente desde sus servidores. Presiona el botón de suscripción para rastrear cambios en Player FM o pega el URL del feed en otras aplicaciones de podcast.

Hoy superamos la mitad de los episodios programados para nuestra primera temporada, que será de un total de 25. en las últimas 3 entregas nos aproximamos con un especial a todo lo relacionado con MUNDOS POSIBLES. Hablamos de utopías, ucronías y distopías. Por eso hoy en nuestro décimo tercer episodio he querido compartir contigo algunas reflexiones particulares sobre este viaje inicial de 3 meses, aclarar algunos detalles del programa, así como de nuestro sitio web y emprender lo que será la recta final en la segunda mitad de nuestra primera temporada con los 12 episodios que vienen.

Hace 3 meses exactamente estaba sentado en este mismo banco, en este mismo parque. Aquí grabé el primer fragmento que sirvió como introducción al episodio piloto de Fin del Mundo Podcast.

El mundo siguió girando y aquí estamos, ustedes allá en sus casas, o en sus automóviles, o caminando en la calle, quizás con un tapabocas que dificulta tu respiración, quizás acostado o sentado plácidamente en el lugar preferido de tu hogar…

Quizás conduciendo, al trabajo o de regreso a casa… ¿acaso no es igual?

Cuando emprendimos este viaje ya el mundo se asomaba a una crisis devastadora, hoy, desde diferentes sectores políticos, siguen tomándose decisiones respecto a qué hacer, tanto económica como socialmente. La reapertura de las escuelas es un dolor de cabeza para padres y administradores escolares, las economías globales danzan en la cuerda floja, grandes y pequeños países tratan de protegerse con medidas que de manera dispar benefician y castigan al mismo tiempo, la confusión y el desorden en las calles por los enfrentamientos entre policías y vándalos no da tregua, haciendo que se desdibuje y diluya el propósito inicial de cualquier protesta pacífica por la defensa y protección de algún derecho. En fin, nada nuevo bajo el sol… a simple vista.

Progresivamente una lenta reactivación de algunos sectores comerciales invita a las personas a salir de nuevo. La gente va por la calle a paso lento, como respirando un nuevo aire… procuran evitarse unos con otros, no pasar demasiado cerca, no estrecharse la mano, no ofrecer un beso como saludo… no compartir ningún objeto. Nada volverá a ser como antes, amenazan los denominados “expertos” en las noticias, mientras al mismo tiempo, el verano toma su último aliento para exhalar lentamente en las próximas dos semanas y entregarse sin resistencia al otoño, que ya viene.

Durante este tiempo reflexionamos sobre el egoísmo, la importancia de la historia y la forma en que la escribimos, viajamos narrando historias sobre músicos y poetas, nos aproximamos a la idea de la muerte y la identidad. Escuchamos experiencias sobre la vida en general y abordamos desde la literatura, el cine, el arte en general y el psicoanálisis, facetas de la condición humana que determinan nuestra cotidianidad y enmarcan todas nuestras acciones.

Este viaje siempre se ha tratado sobre lo que considero que es correcto. Hacer algo, un esfuerzo, por mínimo que pueda ser, para transformar el statu quo, invitar a otros a que cuestionen su propia realidad y posiblemente ayuden a transformar también la de otros, como reaccionando en cadena.

Ese sentido del deber, o de seguir el instinto, puede estar errado, claro que sí, pero no lo sé… es una apuesta ciega que prefiero jugar a mi favor, por supuesto. Sólo al final, si es que hay un final, podremos comprender si valió la pena, si nuestros objetivos eran los apropiados, si nuestro esfuerzo obtuvo alguna recompensa.

Estamos a mitad de camino en esta temporada... no sé si los siguientes episodios continuarán alimentando tu mente con ideas interesantes, ignoro el efecto que este contraste de voces y discursos genere en tu manera de interpretar el mundo; no obstante, yo espero que todo sea para bien. y esto que acabo de decir, relacionado al sentido del deber y la idea de esforzarnos al máximo por hacer lo correcto, me recuerda al teniente Onoda.

PRIMERA PARTE: Honor, deber y sacrificio.

1944. Los aliados han vencido en Europa y ahora la guerra se traslada al pacífico. Japón es un enemigo feroz que no va a rendirse fácilmente, por lo cual son lanzadas las bombas atómicas. A mediados de 1945, El imperio Japonés observa la devastación en Hiroshima y Nagasaki, por lo cual oficializa su rendición y al fin, luego de 6 largos años, la Segunda Guerra Mundial llega a su fin.

En una pequeña isla de Filipinas llamada Lubang, el subteniente Hiroo Onoda se encuentra en las montañas. Con 3 hombres bajo sus órdenes, el joven militar ha sido entrenado en tácticas de guerrilla, supervivencia e inteligencia, las noticias del Fin de la Guerra no lo alcanzan, por lo cual continúa escondido en la selva esperando instrucciones. Su orden inicial, emitida por el Emperador mismo y entregada por uno de sus comandantes fue la de VENCER O MORIR. Es decir, la misión era combatir hasta la muerte, sin posibilidades de contemplar la rendición, por lo cual el teniente Onoda no dudó en preparar su cuerpo, mente y espíritu, para asumir las dificultades de una jungla infestada de mosquitos, roedores y un clima agresivo en todas las proporciones.

Hiroo Onoda era entonces, en 1945 , un joven de 19 años, con sus hombres se refugió en las montañas de Lubang, fiel a su propósito como soldado, esperando nuevas instrucciones.

Por supuesto, con el fin de la guerra, la población de la pequeña isla, principalmente agrícola, regresó paulatinamente a la vida normal, no siendo así para el teniente Onoda, que refugiado en las montañas no solo ignoraba que la guerra había terminado, sino que consideraba como enemigos infiltrados y traidores a los campesinos, sembradores y recolectores de arroz que intentaban trabajar en sus campos.

Hiroo Onoda emprendió entonces las acciones militares para las que fue entrenado, quemando sembradíos, atacando pequeñas aldeas que él consideraba eran destacamentos espía de los enemigos y sacrificando cerdos y vacas para poder alimentarse. Pero esto fue apenas el principio.

Desde aviones se arrojaron miles de volantes con anuncios del fin de la guerra, con parlantes algunos hombres se adentraron en la selva informando a Onoda y sus hombres que ya podían salir. Pero los 4 soldados japoneses, fieles a sus órdenes, creyeron esto una farsa para intentar capturarlos y permanecieron escondidos.

PRIMER ANUNCIO: LANZAMIENTO DE NUESTRO BOLETIN QUINCENAl: SOBREVIVIENTE.

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Este será un maravilloso canal de comunicación mediante el cual tendré contacto directo con cada uno de los sobrevivientes que acompañan este proyecto podcasting. Te invito entonces a visitar nuestro sitio web y registrarte cuanto antes.

SEGUNDA PARTE: Bienvenidos a la Jungla.

1972, en la pequeña isla de Lubang, Filipinas, un hombre que estaba quemando campos de arroz muere en medio de un tiroteo con la policía que intentaba proteger los cultivos de sus campesinos. Luego de investigaciones, se descubre, y no con poco asombro, que se trata del soldado Kozuka, uno de los hombres que hace más de 25 años permanecía en la jungla con el teniente Onoda. Para ese entonces, ya otro de los hombres había muerto en un enfrentamiento anterior y uno más se había rendido a las autoridades. Inmediatamente el mundo puso su atención en el caso pues existía la posibilidad de que el teniente Onoda aún estuviese vivo.

Se habían realizado centenares de intentos por convencer a Hiroo Onoda de que abandonara la lucha, que no había guerra, que su esfuerzo de ocultarse y combatir a los campesinos como enemigos imaginarios era totalmente inútil. Se soltaron nuevas tandas de volantes con mensajes de familiares, fotografías de soldados retirados, pero el hombre no renunciaba a su propósito de lealtad y sentido del deber, hizo de la selva su refugio y durante ya casi tres décadas se había convertido en el terror de los pobladores. Tristemente, se estima que cerca de 30 campesinos murieron por las acciones de sabotaje y los ataques que Onoda y sus hombres realizaron en nombre del Ejército Imperial de Japón, ignorando que este ya ni siquiera existía.

Aquí es donde entra en escena Norio Suzuki.

Norio Suzuki fue un joven explorador y aventurero que creció escuchando historias sobre este teniente loco que renunciaba a entregarse pues creía que todavía estaba en guerra. Suzuki era una especie de Hippie que nació después de la guerra, para 1972 ya había recorrido gran parte de Asia y África en diferentes aventuras que involucraron dormir bajo las estrellas, donar sangre para conseguir alimentos o implementos de aseo y una que otra estadía en cárceles extranjeras por indigencia. El joven aventurero sumó pues, a su lista de quehaceres una más: encontrar al Teniente Onoda y convencerlo de abandonar la selva. Así pues, no tardó mucho en llegar a Lubang, donde la selva lo esperaba.

Ah … y por cierto, como el mismísimo Suzuki lo afirmó posteriormente, esta era solo la primera tarea en su lista, ya que luego vendría encontrar un oso panda en estado natural y finalmente hallar al hombre de las nieves, más conocido como El Yeti.

ANUNCIO NÚMERO 2

Desde hace algunas semanas venimos preparando el lanzamiento del Blog: Apuntes para el Fin del Mundo. El blog se alojará en nuestro sitio web www.findelmundopodcast.com y presentará artículos relacionados con las temáticas de nuestros episodios semanales. Teniendo en cuenta que la pluralidad de discursos es fundamental para construir conocimiento e invitar a la discusión, quiero invitarte a participar como autor. Si conoces y ejecutas bien los procesos de escritura para elaborar textos argumentativos o informativos, ¡puedes colaborar con tus artículos! La línea editorial es igual a la de este podcast y centra su atención en aspectos inquietantes de la condición humana que se enmarquen desde el arte, la filosofía, la psicología, la ciencia y la cultura en general.

De esta forma el blog Apuntes para el Fin del Mundo se convertirá en un generador de contenidos que estimulará la reflexión y que tras cada entrega invitará a los lectores a construir conocimiento desde la pluralidad de ideas y el contraste de argumentos.

Si consideras que puedes colaborar con artículos de estas características, encontrarás la información detallada de cómo hacerlo en nuestra primera entrega del boletín quincenal SOBREVIVIENTE en el curso de esta semana.

TERCERA PARTE: Honor, deber y otras ridiculeces.

Han pasado 27 años desde que Hiroo Onoda, subteniente del Ejército Imperial japonés, prometió con su juramento de honor al deber y sobre su vida misma, defender el territorio al que fue asignado. Es 1972 y las selvas de la isla Lubang en Filipinas han sido su hogar desde 1945. Sí, increíblemente, se encuentra vivo y más de la mitad de su vida ha transcurrido en el aislamiento total. Los encuentros con los lugareños cada vez se volvieron más esporádicos, limitándose a patrullar algunas zonas, poner algunas trampas y atacar animales de granja para proveerse de sustento. Casi con 50 años de edad, Onoda es un monumento vivo al valor de la palabra, el compromiso y la defensa del honor si se pone esto en el contexto apropiado.

En relatos donde ya la magia de la leyenda se ha fundido con la veracidad de los hechos, se cuenta que el aventurero Norio Suzuki entró a la selva en una mañana lluviosa, cerca a una de las granjas donde el ganado había sido atacado algunos meses atrás. El tenaz teniente Onoda era su objetivo y no iba a marcharse sin antes dar con él. Irónicamente y en uno de los hechos más insólitos registrados en la historia reciente, un solo hombre, sin entrenamiento en rastreo ni técnicas de supervivencia, tardó solamente 4 días en lograr lo que ejércitos completos no pudieron en 3 décadas. Encontró a Onoda y mejor aún, conversó con él.

Onoda resistió al contacto humano durante todos esos años con la firme convicción de lealtad a su deber bajo el código militar. Quizás no abandonó su lucha no solo porque no creía en las noticias que le arrojaban desde aviones sino porque nadie nunca le ofreció una invitación convincente( al menos para él y su voluntad de ser leal hasta la muerte) Suzuki relata que simplemente empezó a vociferar tan fuerte como pudo: “Teniente Onoda, señor, vengo de parte del emperador quien ya se encuentra preocupado por usted y desea relevarlo de su misión”. Onoda contaría posteriormente que al principio dudó que fuera cierto, pero luego permitió que Suzuki se acercara solo para corroborar que no fuese un agente enemigo.

Suzuki y Onoda entablaron una especie de amistad, si así puede llamarse, por lo cual, dos años después, el teniente aceptó rendirse como militante del ejército imperial japonés y entregarse a la autoridades.

Esto provocó un revuelo internacional, por lo cual fueron enviados a Filipinas su hermano y el comandante mismo que le había dado la orden de permanecer en defensa sin rendición. Los registros fotográficos muestran a un hombre de mediana estatura, con una larga historia que contar en su rostro.

Así pues, en 1974 y ante el presidente Marcos de Filipinas, El teniente Onoda entregó su espada en señal de rendición y pidió perdón por las muertes bajo su responsabilidad directa. Dado el contexto del caso, Onoda pudo retornar a su país y tratar de continuar con su vida, allí fue recibido como un héroe y hasta hoy continúa siendo una de las figuras más recordadas por el carácter de su historia y las numerosas lecciones que de ella podemos interpretar.

Vendrían luego años de conflicto y amargura para un hombre que se encontró fuera del tiempo, en un país y sociedad que nunca pudo terminar de reconocer, pasó su vida entre Japón y Brasil, como figura pública dio conferencias, escribió su historia y afirmó siempre que nunca se arrepentía de sus actuaciones por conservar el honor de su país, su ejército y ante todo, su palabra de lealtad al emperador.

Hiroo Onoda murió en enero del 2014 a la edad de 91 años.

Norio Suzuki murió algunos años después de encontrar a Onoda. Fue hallado en en el Himalaya intentando encontrar al Yeti, el abominable hombre de las nieves.

Son las seis de la tarde, muchas personas comienzan a movilizarse, hay cambio de turno en muchos empleos por lo cual el tráfico se pone un poco más pesado y en la calle la gente procura moverse con prisa. El ritmo cambia.

El sentido del deber y de cumplir con aquello que consideramos necesario es lo que posiblemente hace que nos levantemos la mayoría de personas, cada día. Hacer lo que DEBE hacerse, nos decimos a nosotros mismos. Así mismo lo repetimos a las generaciones que vienen tras nosotros, pues de igual manera lo escuchamos de aquellas que nos precedieron. Pocas veces o , quizás ninguna, nos detenemos en medio de la prisa de cada día a pensar realmente en qué es el deber, ¿por qué someto mis actuaciones a cumplir con ciertas actividades?, ¿por qué un trabajo? ¿por qué el estudio? ¿por qué no usar ciertas palabras? ¿por que no mencionar ciertos temas? Y… qué pasa cuando lo hemos hecho. ¿Cuánto tiempo se ha extendido nuestra curiosidad por cuestionarnos nuestros deberes?. A ello podemos sumar la idea compleja de reconocer cuáles deberes nos han sido impuestos y cuáles hemos elegido libremente asumir como propios para cumplirlos. Deber de padre, de amigo, de ciudadano.

He venido con estas cuestiones hoy , a mitad de camino.

En nuestros primeros 12 episodios nos hemos concentrado en temáticas que como siempre, procuro sean de interés para todos, aunque sé que esto no es posible pues sería absurdo que a todos nos interese todo. Sin embargo son tópicos universales que sí deberían estimular el interés de la mayoría de personas, al menos para lanzar preguntas que estimulen la reflexión y el criticismo. La muerte, las concepciones de bien y mal, el problema de escribir y reescribir la historia, el juego de identidades e identificaciones en el sujeto, los mundos posibles que soñamos con ilusión o que se muestran siniestros en nuestras peores pesadillas. Creo que podemos partir desde estos temas para tener conversaciones que nos guíen hacia hallazgos comunes, donde empecemos a compartir más y a combatirnos menos. Creo que ese es uno de mis deberes y cuento con la fortuna de haberlo elegido. El escritor belga Maurice Maeterlinck dijo

“El primero de nuestros deberes es poner en claro cuál es nuestra idea del deber”

Yo acepto esta premisa y nuevamente al cierre de este episodio, envío de nuevo la invitación universal que siempre he promovido. Ponernos de acuerdo en lo fundamental como sociedad, lo demás posteriormente puede configurarse en diferentes medidas. ¿Cuál es entonces nuestra idea del deber? ¿Cómo podemos socializar y compartir las diferentes posturas que responden a esta pregunta para organizarnos mejor y tolerarnos más?

Observo a todas estas personas que se dirigen a sus turnos de trabajo, otras que seguramente van a buscar el descanso en casa, otras pasean indiferentes solo pasando el tiempo, deambulando. Aquí sentado, en este banco, insisto en cultivar la esperanza, aunque las señales que me envía el mundo inviten a lo contrario y todo simplemente parece que se dirige al precipicio, yo resisto… intento… me esfuerzo, quizás, con terquedad, con la ridícula perseverancia de Onoda a creer que algo mejor para todos es posible. ¿Cuánto tiempo podría conservar esta actitud? Es claro que son solo algunos minutos hasta que la desazón y el pesimismo me invaden, pero esta es mi lucha. Es mi deber, he elegido perseverar en levantar la voz y emitir juicios que considero pertinentes, he elegido escuchar y reproducir todos los mensajes que nos ayuden a vivir mejor. Creo en la dignidad de ese mensaje, aunque a veces no me sienta digno como mensajero. Creo en el deber, como ser humano de conservar lo poco o mucho que nos queda bueno.

No tengo la menor idea sobre lo que ocurrirá en el mundo mañana. Solo puedo decirte que si va a acabar de alguna forma, incluyendo la más natural que es nuestra propia muerte, al menos que valga la pena haber compartido buenas historias, haber estado para el otro, cualquiera que sea (ese otro) haber celebrado nuestras pequeñas victorias y como mencionó bellamente el Dr. Dyer alguna vez:

no morir con nuestra música aún dentro de nosotros.

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