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62 Reflexiones - Lecciones que dejan las tempestades (Marcos 4.38-39)

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¿Ha sido testigo del poder de las fuerzas de la naturaleza, como en un terremoto o avalancha? Pues no hay nada como eso para que reconozcamos el poder tan limitado que tenemos.

Algo como eso fue lo que vivieron los Apóstoles, quienes, en medio de una gran tempestad, se amedrentaron porque sintieron que su vida se esfumaba. Leamos sobre esto en…

Marcos 4.35-39

“Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”

Era común que en el mar de Galilea se desataran ese tipo de tempestades como resultado de los vientos recios que se daban en la zona.

Me imagino ese momento de tempestad con el cielo nublado, un viento muy frío rozando la piel de los Apóstoles, el mar moviéndose violentamente, echando cada vez más agua dentro de la barca, y estos hombres mirándose uno al otro, con el presentimiento de lo peor, sorprendidos por ese ataque feroz de la naturaleza, que sabían que no estaban preparados para contener.

Lo interesante, es que, así como en el mar de Galilea…

En nuestra vida las tempestades también son comunes

Hacen parte del día a día porque el riesgo es inherente a la vida.

Por eso la peor forma de vivir es dedicándonos a eliminar todos los riesgos, porque nos volvemos esclavos de esa falsa sensación de seguridad y no hallamos la libertad que se encuentra en la confianza de la presencia de Jesús y en su protección.

Pero mientras los Apóstoles estaban cada vez más asustados.

Jesús ni se inmutaba porque estaba durmiendo.

Así que tuvieron que despertarlo y pedirle que hiciera algo por ellos. Pero su clamor tenía un tono de reproche. Típico en nosotros los humanos, que clamamos a Dios como afirmando que no se interesa o que no nos ama tanto como esperamos, lo cual es una gran mentira.

Lo que pasa, como lo dijo alguien, es que, en medio de la presión, de la prueba y del sufrimiento, nuestra mente se nubla y nuestro entendimiento pierde agudeza. Porque si las pruebas tienen la capacidad de sacar a flote lo que en verdad gobierna nuestra vida, saca ese amor por nosotros mismos mas que por Dios, ese compromiso que tenemos con nuestro bienestar y comodidad.

Pero cuando Jesús escuchó su clamor, lo atendió, reprendiendo al viento y al mar, causando así una gran calma que terminó confundiendo más a los Apóstoles que lo que lo había hecho la tempestad.

¿Por qué sucedió eso?

Porque Jesús tiene la autoridad de Dios.

Autoridad que le permitió solo decir: calla, enmudece, y así fue. Las fuerzas naturales, los poderes que el hombre no ha podido contener y mucho menos dominar, quedaron sumisas en el instante en el que escucharon la misma voz que las creó.

Con base en esto…

¿Qué aprendemos de las tempestades que vivimos?

Tres verdades:

  1. Que serán continuas.
  2. Que es posible que nuestra respuesta inicial frente a ellas sea de temor, porque mientras estemos en el cuerpo esa es una emoción natural, pero, en vez de temer a la tempestad, necesitamos temer a Dios, pero no porque él quiera hacernos daño o represente un peligro para nosotros, sino porque ignorar sus propósitos es el verdadero peligro.
  3. Que debemos aprovechar las tempestades para conocer más a Jesús, para confiar en su cuidado y verlo obrar a nuestro favor, porque Él siempre quiere lo mejor para nosotros.

MinisterioUMCD.org

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¿Ha sido testigo del poder de las fuerzas de la naturaleza, como en un terremoto o avalancha? Pues no hay nada como eso para que reconozcamos el poder tan limitado que tenemos.

Algo como eso fue lo que vivieron los Apóstoles, quienes, en medio de una gran tempestad, se amedrentaron porque sintieron que su vida se esfumaba. Leamos sobre esto en…

Marcos 4.35-39

“Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.”

Era común que en el mar de Galilea se desataran ese tipo de tempestades como resultado de los vientos recios que se daban en la zona.

Me imagino ese momento de tempestad con el cielo nublado, un viento muy frío rozando la piel de los Apóstoles, el mar moviéndose violentamente, echando cada vez más agua dentro de la barca, y estos hombres mirándose uno al otro, con el presentimiento de lo peor, sorprendidos por ese ataque feroz de la naturaleza, que sabían que no estaban preparados para contener.

Lo interesante, es que, así como en el mar de Galilea…

En nuestra vida las tempestades también son comunes

Hacen parte del día a día porque el riesgo es inherente a la vida.

Por eso la peor forma de vivir es dedicándonos a eliminar todos los riesgos, porque nos volvemos esclavos de esa falsa sensación de seguridad y no hallamos la libertad que se encuentra en la confianza de la presencia de Jesús y en su protección.

Pero mientras los Apóstoles estaban cada vez más asustados.

Jesús ni se inmutaba porque estaba durmiendo.

Así que tuvieron que despertarlo y pedirle que hiciera algo por ellos. Pero su clamor tenía un tono de reproche. Típico en nosotros los humanos, que clamamos a Dios como afirmando que no se interesa o que no nos ama tanto como esperamos, lo cual es una gran mentira.

Lo que pasa, como lo dijo alguien, es que, en medio de la presión, de la prueba y del sufrimiento, nuestra mente se nubla y nuestro entendimiento pierde agudeza. Porque si las pruebas tienen la capacidad de sacar a flote lo que en verdad gobierna nuestra vida, saca ese amor por nosotros mismos mas que por Dios, ese compromiso que tenemos con nuestro bienestar y comodidad.

Pero cuando Jesús escuchó su clamor, lo atendió, reprendiendo al viento y al mar, causando así una gran calma que terminó confundiendo más a los Apóstoles que lo que lo había hecho la tempestad.

¿Por qué sucedió eso?

Porque Jesús tiene la autoridad de Dios.

Autoridad que le permitió solo decir: calla, enmudece, y así fue. Las fuerzas naturales, los poderes que el hombre no ha podido contener y mucho menos dominar, quedaron sumisas en el instante en el que escucharon la misma voz que las creó.

Con base en esto…

¿Qué aprendemos de las tempestades que vivimos?

Tres verdades:

  1. Que serán continuas.
  2. Que es posible que nuestra respuesta inicial frente a ellas sea de temor, porque mientras estemos en el cuerpo esa es una emoción natural, pero, en vez de temer a la tempestad, necesitamos temer a Dios, pero no porque él quiera hacernos daño o represente un peligro para nosotros, sino porque ignorar sus propósitos es el verdadero peligro.
  3. Que debemos aprovechar las tempestades para conocer más a Jesús, para confiar en su cuidado y verlo obrar a nuestro favor, porque Él siempre quiere lo mejor para nosotros.

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