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#187 Toma de decisiones (VIII) - pensamiento analítico: Feynman, la NASA y la incertidumbre

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(NOTAS Y ENLACES DEL CAPÍTULO: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/187-toma-de-decisiones-viii-pensamiento-analitico-feynman-la-nasa-y-la-incertidumbre/)

“In God We Trust. All Others Bring Data”

«Confiamos en Dios. Todos los demás traed datos»

Esta frase de William Edward Demings, un estadístico estadounidense que fue clave en el desarrollo y crecimiento de Japón tras la Segunda Guerra Mundial, preside la sala de evaluación de misiones de la NASA. O eso se cuenta siempre. Yo no lo he visto.

Pero parece lógico: explorar los confines del universo, llevar al hombre a la Luna o tratar de encontrar vidas alienígenas son tareas que requieren de una precisión extrema y de un profundo conocimiento científico. Sin embargo, la realidad es tozuda. Y frente a nuestro afán por tomar las mejores decisiones basadas en datos, nos enfrentamos continuamente a la necesidad de decidir sin muchos de ellos, bajo presiones de todo tipo. Algo similar le sucedió, precisamente, a la propia NASA el 28 de enero de 1986.

Aquel día despegaría el Transbordador Espacial Challenger, con sus siete tripulantes a bordo, y con, al menos, dos misiones. La primera, la oficial, era la de desplegar un satélite de comunicaciones y estudiar el Cometa Halley mientras estaban en órbita. La segunda, no tan explícita, era la de volver a despertar el interés del público por la conquista del espacio. Habían pasado casi 17 años desde la llegada a la Luna y, sin nuevos grandes hitos que excitaran su imaginación, los estadounidenses ponían su atención —y con ella sus votos y, por tanto, su dinero— en otros temas. Por eso, aquel lanzamiento fue precedido de una campaña de comunicación sin precedentes.

Incluso, como cuenta Nuria Pérez en su maravilloso podcast Gabinete de Curiosidades, se plantearon que en aquella misión viajara Big Bird, el primo americano de la Gallina Caponata. Sí, la de Barrio Sésamo.

Me habría encantado estar en la reunión en la que discutieron eso. Al final, se dieron cuenta de que, por lo que sea, meter a alguien con un disfraz de dos metros y medio en lo que esencialmente era una lata de sardinas espacial no era factible.

La elegida finalmente fue Christa McAuliffe, una maestra de escuela seleccionada entre más de 11.000 candidaturas, que se ganó rápidamente el cariño del pueblo estadounidense con su carisma y su pasión por el espacio.

«T menos 10, 9, 8, 7, 6 —motor principal arrancado—, 4, 3, 2, 1… ¡y despegue! ¡Despegue de la XXV misión del transbordador espacial, que ha abandonado la torre!»

Así sonó el despegue del Challenger, que fue emitido en directo para todo el país. La cámara siguió a la nave en su majestuoso ascenso. Apenas un minuto después, justo cuando el corresponsal de la CNN comenzaba a recapitular la cantidad de retrasos sufridos por la misión, enmudeció. Frente a sus ojos y a los de millones de espectadores, la nave se desintegró en miles de pedazos en mitad de una enorme humareda. Y con ella sus siete tripulantes.

La tragedia del Challenger sacudió Estados Unidos. Para empezar fue un punto de inflexión en el interés por el espacio y, en particular, en los riesgos que estaban dispuestos a asumir para alcanzarlo. A raíz del accidente, se creó una comisión de investigación encabezada por un ex-Secretario de Estado, William Rogers, a quien al parecer Ronald Reagan, por entonces presidente de Estados Unidos, sugirió que las conclusiones debían proteger a la NASA. Formaron parte de aquella comisión todo tipo de figuras de la aeronáutica, la ingeniería, el ejército y la ciencia. Estaba hasta el primer ser humano en pisar la Luna, Neil Amstrong. Eran casi todos hombres, eso sí.

Entre todos ellos estaba un viejo conocido de este podcast: nuestro amigo Richard Feynman, que a sus 67 años era seguramente el científico vivo más conocido y más respetado del mundo. Y también alguien con ideas propias. Dicen las malas lenguas que tal vez desde el poder político pensaron que podrían controlarlo, que ya no tendría la energía de su juventud y que, en cualquier caso, la burocracia y los votos de otros mucho más susceptibles a las presiones acabarían acallándolo. De hecho, él se mantuvo bastante discreto durante todo el proceso. Se tomó su tiempo para entender el problema, comprender el funcionamiento de la nave y también el de la propia comisión. Y empezó a tener la sensación de que más que descubrir la verdad, había un interés en encubrirla. Así que se buscó un aliado: el general Donald Kutyna.

Feynman solía contar cómo un día Kutyna se acercó a él con una idea interesante sobre cómo el frío podía haber afectado a las juntas de goma que sellaban los compartimentos del combustible. Dijo que se le había ocurrido reparando su coche. Aunque la realidad era otra: Sally Ride, la única mujer en la comisión, había entregado a Kutyna un documento de la NASA que ella no podía desvelar sin implicar a quienes se lo habían conseguido. Y al general sólo se le ocurrió aquella historieta de su coche para poner a Feynman sobre la pista.

Con eso, ya tenían una teoría de lo que había pasado. Sólo les faltaba convencer al resto. Y de eso se encargó Feynman. Lo hizo en una audiencia pública retransmitida por televisión. En un momento dado, en mitad de la intervención de un directivo de la agencia espacial, Feynman pidió la palabra. Mientras cuestionaba a aquel testigo, tomó una pieza de plástico como el que se usaba en las juntas y lentamente lo sumergió en agua helada. Unas preguntas después, sacó la pieza del vaso y explicó que el frío la había vuelto rígida, había perdido su flexibilidad. Millones de personas entendieron inmediatamente el problema.

Mientras que inicialmente la NASA había estimado las probabilidades de un accidente como el que sucedió como de una entre 100.000, la presión de Feynman, Kutyna y Sally Ride demostró que el riesgo de aquel lanzamiento era mucho mayor: de 1 entre 200. En el informe final de la comisión, Feynman —a quien había molestado profundamente el uso propagandístico de la misión y de aquella maestra tristemente fallecida— obligó a que se incluyera la siguiente frase, amenazando con no firmar el informe si no se hacía.

«Para que una tecnología sea exitosa, la realidad debe prevalecer sobre las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser engañada».

Puro Feynman.

¡Ya están abiertas las inscripciones para la 2ª edición del programa de desarrollo directivo y liderazgo que dirijo en Tramontana! ¿Te interesa? Toda la info aquí: https://www.tramontana.net/desarrollo-directivo-liderazgo

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Esta frase de William Edward Demings, un estadístico estadounidense que fue clave en el desarrollo y crecimiento de Japón tras la Segunda Guerra Mundial, preside la sala de evaluación de misiones de la NASA. O eso se cuenta siempre. Yo no lo he visto.

Pero parece lógico: explorar los confines del universo, llevar al hombre a la Luna o tratar de encontrar vidas alienígenas son tareas que requieren de una precisión extrema y de un profundo conocimiento científico. Sin embargo, la realidad es tozuda. Y frente a nuestro afán por tomar las mejores decisiones basadas en datos, nos enfrentamos continuamente a la necesidad de decidir sin muchos de ellos, bajo presiones de todo tipo. Algo similar le sucedió, precisamente, a la propia NASA el 28 de enero de 1986.

Aquel día despegaría el Transbordador Espacial Challenger, con sus siete tripulantes a bordo, y con, al menos, dos misiones. La primera, la oficial, era la de desplegar un satélite de comunicaciones y estudiar el Cometa Halley mientras estaban en órbita. La segunda, no tan explícita, era la de volver a despertar el interés del público por la conquista del espacio. Habían pasado casi 17 años desde la llegada a la Luna y, sin nuevos grandes hitos que excitaran su imaginación, los estadounidenses ponían su atención —y con ella sus votos y, por tanto, su dinero— en otros temas. Por eso, aquel lanzamiento fue precedido de una campaña de comunicación sin precedentes.

Incluso, como cuenta Nuria Pérez en su maravilloso podcast Gabinete de Curiosidades, se plantearon que en aquella misión viajara Big Bird, el primo americano de la Gallina Caponata. Sí, la de Barrio Sésamo.

Me habría encantado estar en la reunión en la que discutieron eso. Al final, se dieron cuenta de que, por lo que sea, meter a alguien con un disfraz de dos metros y medio en lo que esencialmente era una lata de sardinas espacial no era factible.

La elegida finalmente fue Christa McAuliffe, una maestra de escuela seleccionada entre más de 11.000 candidaturas, que se ganó rápidamente el cariño del pueblo estadounidense con su carisma y su pasión por el espacio.

«T menos 10, 9, 8, 7, 6 —motor principal arrancado—, 4, 3, 2, 1… ¡y despegue! ¡Despegue de la XXV misión del transbordador espacial, que ha abandonado la torre!»

Así sonó el despegue del Challenger, que fue emitido en directo para todo el país. La cámara siguió a la nave en su majestuoso ascenso. Apenas un minuto después, justo cuando el corresponsal de la CNN comenzaba a recapitular la cantidad de retrasos sufridos por la misión, enmudeció. Frente a sus ojos y a los de millones de espectadores, la nave se desintegró en miles de pedazos en mitad de una enorme humareda. Y con ella sus siete tripulantes.

La tragedia del Challenger sacudió Estados Unidos. Para empezar fue un punto de inflexión en el interés por el espacio y, en particular, en los riesgos que estaban dispuestos a asumir para alcanzarlo. A raíz del accidente, se creó una comisión de investigación encabezada por un ex-Secretario de Estado, William Rogers, a quien al parecer Ronald Reagan, por entonces presidente de Estados Unidos, sugirió que las conclusiones debían proteger a la NASA. Formaron parte de aquella comisión todo tipo de figuras de la aeronáutica, la ingeniería, el ejército y la ciencia. Estaba hasta el primer ser humano en pisar la Luna, Neil Amstrong. Eran casi todos hombres, eso sí.

Entre todos ellos estaba un viejo conocido de este podcast: nuestro amigo Richard Feynman, que a sus 67 años era seguramente el científico vivo más conocido y más respetado del mundo. Y también alguien con ideas propias. Dicen las malas lenguas que tal vez desde el poder político pensaron que podrían controlarlo, que ya no tendría la energía de su juventud y que, en cualquier caso, la burocracia y los votos de otros mucho más susceptibles a las presiones acabarían acallándolo. De hecho, él se mantuvo bastante discreto durante todo el proceso. Se tomó su tiempo para entender el problema, comprender el funcionamiento de la nave y también el de la propia comisión. Y empezó a tener la sensación de que más que descubrir la verdad, había un interés en encubrirla. Así que se buscó un aliado: el general Donald Kutyna.

Feynman solía contar cómo un día Kutyna se acercó a él con una idea interesante sobre cómo el frío podía haber afectado a las juntas de goma que sellaban los compartimentos del combustible. Dijo que se le había ocurrido reparando su coche. Aunque la realidad era otra: Sally Ride, la única mujer en la comisión, había entregado a Kutyna un documento de la NASA que ella no podía desvelar sin implicar a quienes se lo habían conseguido. Y al general sólo se le ocurrió aquella historieta de su coche para poner a Feynman sobre la pista.

Con eso, ya tenían una teoría de lo que había pasado. Sólo les faltaba convencer al resto. Y de eso se encargó Feynman. Lo hizo en una audiencia pública retransmitida por televisión. En un momento dado, en mitad de la intervención de un directivo de la agencia espacial, Feynman pidió la palabra. Mientras cuestionaba a aquel testigo, tomó una pieza de plástico como el que se usaba en las juntas y lentamente lo sumergió en agua helada. Unas preguntas después, sacó la pieza del vaso y explicó que el frío la había vuelto rígida, había perdido su flexibilidad. Millones de personas entendieron inmediatamente el problema.

Mientras que inicialmente la NASA había estimado las probabilidades de un accidente como el que sucedió como de una entre 100.000, la presión de Feynman, Kutyna y Sally Ride demostró que el riesgo de aquel lanzamiento era mucho mayor: de 1 entre 200. En el informe final de la comisión, Feynman —a quien había molestado profundamente el uso propagandístico de la misión y de aquella maestra tristemente fallecida— obligó a que se incluyera la siguiente frase, amenazando con no firmar el informe si no se hacía.

«Para que una tecnología sea exitosa, la realidad debe prevalecer sobre las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser engañada».

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