Zaragoza te habla - El legado visual de Lucien Roisin

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En el programa de hoy vamos a recordar brevemente el legado visual de Lucien Roisin Besnard, uno de los grandes fotógrafos cuya obra permite aproximarnos de forma extraordinaria a la cotidiana realidad de la Zaragoza de la segunda mitad de los años 20 del pasado siglo XX. Este fotógrafo francés se radicó en Barcelona en 1912, donde se convirtió en editor de postales turísticas. Visitó profesionalmente Zaragoza en 1925, en la que fue la primera de las varias ocasiones en que lo hizo, para realizar un total de cuatro series de tarjetas postales. En total, algo más de 200 imágenes originales salieron editadas de su estudio fotográfico para ilustrar la ciudad de la época. Vamos a recorrerla brevemente en este programa, si bien lo más indicado es hacerlo, a ser posible, con el acompañamiento visual de las mismas. Una primera aproximación a este legado se hizo en 2014 en el indispensable y totalmente recomendable libro publicado por la IFC y titulado “Zaragoza, años veinte. 81 fotografías de Roisin (1925-1931)”. Nosotros aquí vamos a hacerlo sin el apoyo visual, pero con mucha imaginación. Antes que nada, y a diferencia de lo que comentamos en un programa anterior cuando recordamos el legado visual del fotógrafo António Passaporte, la ordenación comercial definitiva de las postales no permite hacernos una idea de los itinerarios que Roisin realizó para capturar las fotografías. Los “bloques de postales” comercializados tenían como objeto mostrar los lugares y entornos más conocidos y significados de Zaragoza para su exposición al público común. De esta forma, irremediablemente todas las series de imágenes comienzan con vistas o escenas de las inmediaciones de la plaza y templo del Pilar, que sin duda era el reclamo más difundido de la ciudad, además del puente de Piedra y por supuesto el río Ebro. Tras pasar luego por la plaza de Huesca y San Juan de los Panetes, se fija de forma singular en lo que denomina un “Casa antigua” y que resulta ser la fachada del que fuera antiguo almacén de sal de la ciudad, en el paseo del Ebro, lamentablemente desaparecido. Regresa luego por la calle del Pilar y la Lonja, incluyendo sus preciosos jardines junto al paseo del Ebro, y nos ubica en el entorno de la plaza de La Seo, el Arco del Arzobispo, la calle del Sepulcro y el Arco del Deán. Tanto el Pilar como la Seo protagonizarán, además, sendos blocs de postales con 20 imágenes de cada uno de estos templos, tanto del exterior, como de sus interiores. La plaza de la Magdalena aparece luego retratada tanto por la parte de la homónima iglesia parroquial, como por la imponente presencia de la veterana Universidad Literaria. La plaza de san Felipe hace de escenario para destacar la homónima iglesia parroquial. La comercial calle de Alfonso I aparece retratada tanto a nivel del peatón un día de tránsito bullicioso, como desde la altura de la entonces sede del Bando de Aragón, y siempre con el fondo de la cúpula central del templo del Pilar. El Coso es recogido en forma profusa, sobre todo el tramo alto donde se centra en el Colegio de las Escuelas Pías y la Audiencia, donde singulariza también su monumental portada de acceso, y hasta la plaza de la Constitución. En el tramo medio del Coso, Roisin, tras fijarse en el emboque a la calle de Don Jaime I, hace lo propio con la fachada del Teatro Principal, y añade un par de vistas del conjunto de este tramo hasta la calle de Espartero, desde donde toma una vista en altura muy interesante. El tramo bajo del Coso no aparece retratado. Volvemos a la plaza de la Constitución, entonces el auténtico centro urbano, que aparece en varias interesantes fotografías, tanto a nivel de plaza, como desde la altura del edificio de Seguros La Catalana, y sobre todo desde uno de los balcones del Hotel de Europa, donde Roisin realiza una panorámica que en cuatro postales captura el occidente de la plaza. El antiguo paseo de la Independencia, eje del ensanche de la ciudad desde los asedios franceses y conservando todavía ese aire francés de boulevard, protagoniza varias imágenes, destacando las que lo capturan en su plenitud desde la altura de Seguros La Catalana y con un detalle centrado en los nuevos edificios de Correos y Teléfonos. Por la plaza de Santa Engracia, Roisin se fija en la fachada chaflanera del nuevo Gran Hotel y nos lleva hasta la plaza de Emilio Castelar para, ingeniosamente, presentar varias imágenes en altura y así conseguir buenas vistas tanto del Monumento a los Sitios, el Museo Provincial y la Escuela de Bellas Artes y, a ras de suelo, se fija también en el nuevo Grupo Escolar ahora conocido como Gascón y Marín. Regresamos a la plaza de Aragón y al despartidero del paseo de Pamplona, donde captura primero el Monumento a la Exposición de 1908, y luego la famosa Puerta del Carmen, la iglesia de Santiago junto al Hospital Militar y el inmediato Arco de San Ildefonso. Regresa luego al paseo de María Agustín a la altura del antiguo cuartel de Trinitarios, una imagen increíble, y llega hasta la Plaza de Toros, otro enclave típico y tópico. Volvemos hacia el principio del paseo de Pamplona y Roisin se fija en la fachada principal de la Facultad de Medicina y Ciencias, y no deja escapar el inmediato tramo de la Gran Vía del Huerva recién cubierta. Cruzando a continuación sobre el también cubierto antiguo puente de Santa Engracia, e iniciamos recorrido ascendente por el paseo de Sagasta, donde captura el colegio del Salvador antes de ofrecer algunas irrepetibles vistas del paseo plagado de viviendas unifamiliares hoy desaparecidas. Tras pasar por el Parque Pignatelli, ya donde las terrazas de Cuéllar, llega al Canal Imperial de Aragón, donde Roisin se recrea con algunas vistas de esta frecuentada zona de esparcimiento y ocio ciudadano. La margen izquierda o Arrabal, a pesar de su cercanía del centro de la ciudad, apenas aparece como fondo escénico, o bien como lugar desde donde tomar fotografías del puente de Nª Sª del Pilar, del propio Pilar, del puente del ferrocarril, o una espectacular vista panorámica formada por cuatro fotografías que comprende desde las Tenerías hasta el puente de Hierro con el fondo de las torres de Santa María Magdalena, San Gil Abad, la Seo, y el Pilar. Roisin hace una excepción a esta norma retratando desde el paseo del Ebro el edificio de los públicos Baños del Ebro sito en la margen izquierda. Otras localizaciones complementarias a las que Roisin tuvo que ir ex profeso son el cuartel de La Aljafería, donde Roisin toma tres interesantes fotografías incluyendo una con soldados de maniobras, y el antiguo puente colgante sobre el río Gállego, otro clásico que también mereció la atención de António Passaporte. Todas estas imágenes referidas son una pura delicia, pues además de poner el foco en los edificios y enclaves de interés, que retratan para siempre la Zaragoza de esa época, a Roisin le interesa introducir también en el campo visual a las personas que con naturalidad pasaban por allí. Así, consigue fotografías llenas de vida y de realidad, la realidad de la Zaragoza de la segunda mitad de los años veinte y principio de los treinta. Su contemplación es un gozoso ejercicio que animo a realizar a esta querida parroquia de Zaragoza te habla. Merece la pena. Hasta el próximo programa, salud, ánimo y no dejéis que los charlatanes de feria os coman la oreja.

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