Libro confeciones de un ganster economico-La cara oculta del imperialismo americano-de John Perkins mp3 para descargar.

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ENLACES DE DESCARGA DE LA SEGUNDA PARTE: https://www.intubus.com/file/15137 https://gumroad.com/l/IoJDR Prefacio... ..................................................................... 9 Prólogo ....................................................................... 17 PRIMERA PARTE: 19631971 1. Nace un gángster económico................................... . 27 2. « Para toda la vida».................................................... 37 3. Indonesia: lecciones de gangsterismo económico..... 45 4. Salvar a una nación del comunismo.......................... 49 5. Cómo vendí mi alma................................................. 55 SEGUNDA PARTE: 19711975 6. M i papel de inquisidor............................................... 63 7. L a civilización a prueba............................................. 67 8. U n Jesús diferente...................................................... 73 9. U n a oportunidad en la vida........................................ 77 10. Presidente y héroe de Panamá................................... 85 11. Piratas en la zona del Canal....................................... 91 12. Soldados y prostitutas................................................ 95 13. Conversaciones con el General.................................. 99 14. Comienza un nuevo y siniestro período de la historia económica…………………………………. 105 15. A rabia Saudí y el caso del blanqueo de dinero…….. 111 16. Ejerciendo de proxeneta y financiando a Osama bin Laden…………………………………………... 123 TERCERA PARTE: 19751981 17. Las negociaciones del Canal de Panamá y G r a ha m Greene.......................................................... 131 18. Irán y su Rey de Reyes............................................... 139 19. Confesiones de un hombre torturado......................... 143 20. La caída de un rey.......................................................... 147 21. Colombia, la clave de Latinoamérica.....................…… 151 22. La república americana contra el imperio global........... 155 23. Un curriculum engañoso................................................ 161 24. El presidente de Ecuador contra las grandes Petroleras……………………………………………… 171 25. Mi marcha…………………………………………….. 177 CUARTA PARTE: DE 1981 AL PRESENTE 26. Ecuador: muere un presidente………………………... 185 27. Panamá: muere otro presidente……………………….. 191 28. Enron, George W. Bush y mi compañía eléctrica……. 195 29. Acepto un soborno……………………………………. 201 30. Estados Unidos invade Panamá………………………. 207 31. Un fracaso del gangsterismo económico en Iraq…….. 217 32. El 11 de septiembre y las consecuencias sobre mí Persona………………………………………………… 225 33. Venezuela salvada por Saddam………………………... 233 34. Retorno a Ecuador……………………………………… 238 35. Levantando el barniz…………………………………… 247 Epílogo………………………………………………………. 257 Cronología personal de John Perkins……………………….. 261 Notas………………………………………………………… 267 Sobre el autor……………………………………………….. 277 Prefacio Los gángsteres económicos (Economic Hit Men, EHM) son profesionales generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo. Canalizan el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de «ayuda» hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controla los recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización. Yo lo sé bien, porque yo he sido un gángster económico. En 1982 escribí estas líneas como comienzo de un libro cuyo título de trabajo era Conscience of an Economic Hit Man. Lo dedicaba a los presidentes de dos países, a dos hombres que fueron c1ientes míos, respetados y considerados por mí como espíritus afines: Jaime Roídos, presidente de Ecuador, y Ornar Torrijos, presidente de Panamá. Ambos habían fallecido recientemente en aquellos momentos. Sus aviones se estrellaron, pero no se trató de ningún accidente sino de asesinatos motivados por la oposición de ambos a la cofradía de dirigentes empresariales, gubernamentales y financieros que persigue un imperio mundial. Nosotros, los gángsteres económicos, no conseguimos doblegar a Roídos y Torrijos, y por eso fue preciso que intervinieran los otros tipos de gángsteres, los chacales patrocinados por la CÍA. que siempre estaban pegados a nuestras espaldas. Me convencieron de no escribir ese libro. Durante los veinte años siguientes lo empecé en cuatro ocasiones más. En cada una de ellas, mi decisión estuvo influida por hechos contemporáneos de la política internacional: la invasión de Panamá por Estados Unidos en 1989, la primera guerra del Golfo, el conato de invasión de Somalia y la irrupción de Osama bin Laden. En todas ellas, amenazas o sobornos me indujeron a abandonarlo. En 2003, el presidente de una importante editorial propiedad de una poderosa multinacional leyó un borrador de lo que luego ha resultado ser Confesiones de un gángster económico. Lo calificó de «relato fascinante que debía ser contado». A continuación sacudió la cabeza con una sonrisa triste, y me dijo que los ejecutivos de la oficina central pondrían objeciones y que no podía arriesgarse a publicarlo. Me aconsejó que lo reescribiera en forma de novela. «Podríamos lanzarte como novelista, a lo John LeCarré o Graham Greene.» Pero esto no es una novela. Es el relato real de mi vida. Otro editor más valeroso, y no perteneciente a ninguna multinacional, aceptó ayudarme a contarlo. Esta historia debe ser contada. Vivimos en una época de crisis terribles, y de oportunidades tremendas. La historia de este particular gángster es la historia de cómo hemos llegado a dónde estamos y por qué nos enfrentamos actualmente a una crisis que parece insuperable. Y hay que contarlo porque necesitamos entender nuestros errores del pasado si queremos hallamos en situación de aprovechar las oportunidades futuras. Porque han ocurrido cosas como el 115 y la segunda guerra en Iraq. Porque además de las tres mil personas que murieron a manos de los terroristas el 11 de septiembre de 2001, otras veinticuatro mil murieron ese día de hambre y de otras secuelas de la miseria. O mejor dicho, todos los días mueren veinticuatro mil personas que no encuentran con qué alimentarse.1 Y lo más importante, esta historia hay que contarla porque hoy, por primera vez en la historia, existe un país capaz de cambiar todo eso mediante sus recursos, su dinero y su poder. Es el país en donde nací y al que he servido como gángster económico: Estados Unidos de América del Norte. ¿Qué es lo que finalmente me convenció a ignorar las amenazas y los intentos de soborno? La respuesta breve es que tengo una hija, Jessica, licenciada universitaria y emancipada. Y que, recientemente, al comentarle que estaba considerando la publicación de este libro y participarle mis temores al respecto, me contestó: «No te preocupes, papá. Si van por ti, yo continuaré donde lo hayas dejado. Aunque sólo sea por los nietos que espero darte algún día». Ésa es la respuesta breve. La versión completa tiene que ver con mi dedicación al país en que me he criado y mi amor a los ideales proclamados por sus padres fundadores. También con lo que considero mi deber para con la república americana que hoy promete «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» para todos, en todas partes. Y, por último, tiene que ver con mi decisión tomada después del 11S de no quedarme ocioso contemplando cómo los gángsteres económicos transforman esa república en un imperio global. He aquí la sinopsis de la versión completa que se hallará desarrollada, en carne y hueso, a lo largo de los capítulos siguientes. Éste es un relato real. Lo he vivido minuto a minuto. Los paisajes, las personas, las conversaciones y los sentimientos que describo han formado parte de mi vida. Es mi biografía y, sin embargo, debo situarla en el contexto más amplio de los acontecimientos mundiales que han configurado nuestra historia, que nos han llevado adonde estamos hoy, y que conforman los cimientos del futuro de nuestros hijos. He procurado la máxima exactitud en la descripción de esas experiencias, gentes y conversaciones. Cuando comento hechos históricos o reconstruyo mis conversaciones con otras personas, he utilizado diversos instrumentos: documentos publicados, registros y notas personales, recuerdos míos y de otros participantes, los cinco borradores empezados en otros tiempos y las narraciones históricas de otros autores, con preferencia para los recién publicados y que revelan informaciones antes clasificadas o no disponibles por otros motivos. En las notas finales doy las referencias para el lector interesado que desee profundizar en estos temas. Mi editor me preguntó si realmente nos referíamos a nosotros mismos llamándonos gángsteres económicos. Le contesté que sí, aunque usábamos más a menudo las iniciales EHM. En efecto, el primer día de 1971 que empecé a trabajar con mi instructora, Claudine, ésta me dijo: «La misión que tengo asignada es hacer de ti un economic hit man. Y que nadie se entere de tu actividad... ni siquiera tu mujer». Y luego añadió, poniéndose seria: «Cuando uno entra en esto, entra para toda la vida». Más adelante, casi nunca volvió a mencionar la expresión completa. Éramos, sencillamente, unos EHM. El cometido de Claudine es un ejemplo fascinante de la manipulación subyacente al negocio en el que me había incorporado. Era bella e inteligente, y sumamente eficaz. Detectó mis puntos débiles y supo explotarlos en su beneficio. Su trabajo y la habilidad con que lo realizaba ejemplifican la mentalidad sutil de quienes manejan los hilos de este sistema. Claudine no tuvo pelos en la lengua a la hora de describirme lo que iban a exigir de mí. «Tu trabajo dijo consistirá en estimular a líderes de todos los países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se hacen inmensamente ricos. Hoy vemos los estragos resultantes de este sistema. Ejecutivos de las compañías estadounidenses más respetadas que contratan por sueldos casi de esclavos la mano de obra que explotan bajo condiciones inhumanas en los talleres de Asia. Empresas petroleras que arrojan despreocupadamente sus toxinas a los ríos de la selva tropical, envenenando adrede a humanos, animales y plantas, y perpetrando genocidios contra las culturas ancestrales. Laboratorios farmacéuticos que niegan a millones de africanos infectados por el VIH los medicamentos que podrían salvarlos. En Estados Unidos mismo, doce millones de familias no saben lo que van a comer mañana. 2 El negocio de la energía ha dado lugar a una Enron. El negocio de las auditorías ha dado lugar a una Andersen. La quinta parte de la población mundial residente en los países más ricos tenía en 1960 treinta veces más ingresos que otra quinta parte, los pobladores de los países más pobres. Pero en 1995 la proporción era de 74:1.3 Estados Unidos gasta más de 87.000 millones de dólares en la guerra de Iraq, cuando Naciones Unidas estima que con menos de la mitad bastaría para proporcionar agua potable, dieta adecuada, servicios de salud y educación elemental a todos los habitantes del planeta. 4 ¡Y nos preguntamos por qué nos atacan los terroristas! Algunos preferirían achacar nuestros problemas actuales a una conspiración organizada. Ya me gustaría que fuese tan sencillo. A los conspiradores se les puede capturar y llevar ante los tribunales. Pero este sistema nuestro lo impulsa algo mucho más peligroso que una conspiración. Lo impulsa, no un pequeño grupo de hombres, sino un concepto que ha sido admitido como verdad sagrada: que todo crecimiento económico es siempre beneficioso para la humanidad y que, a mayor crecimiento, más se generalizarán sus beneficios. Esta creencia tiene también un corolario: que los sujetos más hábiles en atizar el fuego del crecimiento económico merecen alabanzas y recompensas, mientras que los nacidos al margen quedan disponibles para ser explotados. Es un concepto erróneo, naturalmente. Sabemos que en muchos países el crecimiento económico sólo beneficia a un reducido estrato de la población, y que de hecho puede redundar en unas circunstancias cada vez más desesperadas para la mayoría. Viene a intensificar este efecto el corolario mencionado, de que los líderes industriales que impulsan este sistema merecen disfrutar de una consideración especial. Creencia que está en el fondo de muchos de nuestros problemas actuales y tal vez es el motivo de que abunden tanto las teorías conspirativas. Cuando se recompensa la codicia humana, ésta se convierte en un poderoso inductor de corrupción. Si el consumo voraz de los recursos del planeta está considerado algo intocable, si enseñamos a nuestros hijos a emular a las personas con estas vidas desequilibradas y si definimos a grandes sectores de la población como súbditos de una élite minoritaria, estamos invocando calamidades. Y éstas no tardan en caer sobre nuestras cabezas. En su afán de progresar hacia el imperio mundial, empresas, banca y gobiernos (llamados en adelante, colectivamente, la, corporatocracia) utilizan su poderío financiero y político para asegurarse de que las escuelas, las empresas y los medios de comunicación apoyen (tanto el concepto como su corolario no menos falaz. Nos han llevado a un punto en que nuestra cultura global ha pasado a ser una maquinaria monstruosa que exige un consumo exponencial de combustible y mantenimiento, hasta el extremo que acabará por devorar todos los recursos disponibles y finalmente no tendrá más remedio que devorarse a sí misma. La corporatocracia no es una conspiración, aunque sus miembros sí suscriben valores y objetivos comunes. Una de las funciones de la corporatocracia estriba en perpetuar, extender y fortalecer el sistema continuamente. Las vidas de los «triunfadores» y sus privilegios sus mansiones, sus yates, sus jets privados, se nos ofrecen como ejemplos sugestivos para que todos nosotros sigamos consumiendo, consumiendo y consumiendo. Se aprovechan todas las oportunidades para convencemos de que tenemos el deber cívico de adquirir artículos, y de que saquear el planeta es bueno para la economía y por tanto conviene a nuestros intereses superiores. Para servir a este sistema, se paga unos salarios exorbitantes a sujetos como yo. Si nosotros titubeamos, entra en acción un tipo de gángster más funesto, el chacal. Y si el chacal fracasa, el trabajo pasa a manos de los militares. Este libro es la confesión de un hombre que, en la época en que fui EHM, formaba parte de un grupo relativamente reducido. Este tipo de profesión es hoy más abundante. Sus integrantes ostentan títulos más eufemísticos y pululan por los pasillos de Monsanto, General Electric, Nike, General Motors, Wal Mart y casi todas las demás grandes corporaciones del mundo. En verdad, Confesiones de un gángster económico es su historia tanto como la mía. Y también es la historia de Estados Unidos, del primer imperio auténticamente planetario. El pasado nos ha enseñado que, o cambiamos de rumbo, o tenemos garantizado un final trágico. Los imperios nunca perduran. Todos han acabado muy mal. Todos han destruido culturas en su carrera hacia una dominación mayor, y todos han caído a su vez. Ningún país o grupo de países puede prosperar a la larga explotando a los demás. Este libro ha sido escrito para hacemos recapacitar y cambiar. Estoy convencido de que, cuando un número suficiente de nosotros cobre conciencia de cómo estamos siendo explotados por la maquinaria económica que genera un apetito insaciable de recursos del planeta y crea sistemas promotores de la esclavitud, no seguiremos tolerándolo. Entonces nos replantearemos nuestro papel en un mundo en que unos pocos nadan en la riqueza y la gran mayoría se ahoga en la miseria, la contaminación y la violenCIA Y nos comprometeremos a emprender un viraje que nos lleve a la compasión, la democracia y la justicia social para todos. Admitir que tenemos un problema es el primer paso para solucionarlo. Confesar que hemos pecado es el comienzo de la redención. Que sirva este libro, pues, para empezar a salvamos, para inspiramos nuevos niveles de entrega e incitamos a realizar nuestro sueño de una sociedad justa y decente. Nunca se habría escrito este libro sin las muchas personas cuyas vidas he compartido y que se describen en las páginas siguientes. Les agradezco las experiencias y sus enseñanzas. Con independencia de ello, doy las gracias a los que me animaron a salir del limbo y contar mi historia: Stephan Rechtschaffen, Bill y Lynne Twist, Ann Kemp, Art Roffey y las muchas personas que participaron en las giras y los grupos de trabajo de Dream Change, especialmente mis colaboradores Eve Bruce, Lyn Roberts Herrick y Mary Tendall, así como a mi increíble esposa y compañera durante veinticinco años, Winifred, y a mi hija Jessica. Quedo en deuda con muchos hombres y mujeres que aportaron revelaciones e información personales sobre la banca internacional, las multinacionales y las interioridades políticas de distintos países: gracias especialmente a Michael BenEli, Sabrina Bologni, Juan Gabriel Carrasco, Jamie Grant, Paul Shaw y otros cuyos nombres recuerdo pero prefieren permanecer en el anonimato. Una vez concluido el original, Steven Piersanti, fundador de la editorial Berrett Koehler y brillante jefe de redacción, no sólo tuvo el valor de aceptarlo sino que me ayudó a revisado una y otra vez, invirtiendo en ello incontable número de horas. Declaro mi profunda gratitud a Steven así como a Richard Perl, quien me lo presentó, y también a Nova Brown, Randi Fiat, Alien Jones, Chris Lee, Jennifer Liss, Laurie Pellouchoud y Jenny Williams, que leyeron y criticaron el original. A David Korten, que además de leerlo y criticarlo me hizo pasar por el aro hasta satisfacer sus exigentes y excelentes criterios. A Paul Fedorko, mi agente. A Valerie Brewster, que ha realizado el diseño gráfico del libro. Y a Todd Manza, mi corrector final, maestro de la palabra y gran filósofo. Especial gratitud merecen Jeevan Sivasubramanian, director gerente de BerrettKoehler, y Ken Lupoff, Rick Wilson, María Jesús Aguiló, Pat Anderson, Marina Cook, Michael Crowley; Robin Donovan, Kristen Frantz, Tiffany Lee, Catherine Lengronne, Dianna Platner y el resto del personal de BK, donde la gente comprende la necesidad de aumentar la conciencia social y trabaja incesantemente para hacer de este mundo un lugar mejor. También debo manifestar mi agradecimiento a todos los hombres y mujeres que trabajaron conmigo en MAIN, desconociendo que sus funciones contribuían a la tarea de los EHM y a configurar el imperio global. Sobre todo, a los que trabajaron directamente a mis órdenes, me acompañaron a remotos países y compartieron conmigo muchos momentos valiosos. Y también a Ehud Sperling y sus colaboradores de Inner Traditions International, que editaron mis obras anteriores sobre culturas indígenas y chamanismo y son, además, buenos amigos que me ayudaron a convertirme en autor. Quedo eternamente agradecido a los hombres y mujeres que me admitieron en sus hogares de las selvas, los desiertos y las montañas, en las chabolas a orillas de los canales de Yakarta y en los arrabales insalubres de incontables ciudades de todo el mundo. Que compartieron conmigo sus alimentos y sus vidas, y que han sido mi mayor fuente de inspiración. John Perkins Agosto de 2004 16 Prólogo La capital del Ecuador, Quito, se extiende a lo largo de un valle volcánico en los Andes, a más de dos mil ochocientos metros de altitud. Los habitantes de esta ciudad, fundada mucho antes de la llegada de Colón a las Américas, están acostumbrados a ver la nieve en las cumbres que los rodean, y eso que viven pocos kilómetros al sur del ecuador. La ciudad de Shell, avanzadilla fronteriza y puesto militar roturado en la Amazonía ecuatoriana para servir a los intereses de la petrolera cuyo nombre ostenta, está casi dos mil quinientos metros más baja que Quito. Hirviente de actividad, la habitan sobre todo soldados, obreros del petróleo e indígenas de las tribus shuar y quechua que trabajan para aquéllos como peones y prostitutas. Viajar de una ciudad a otra obliga a recorrer una carretera tan tortuosa como impresionante. Las gentes de estos lugares dicen que durante el trayecto se pasa por las cuatro estaciones del año en el mismo día. Aunque he conducido muchas veces por esa carretera, nunca me canso de sus espectaculares paisajes. A un lado, el roquedal desnudo, salpicado por cascadas torrentosas y espesuras de bromeliáceas. Al otro, un despeñadero que desciende abruptamente hasta el abismo por cuyo fondo corre el río Pastaza, un afluente del Amazonas que serpentea Andes abajo. Sus aguas provienen de los glaciares del Cotopaxi, uno de los volcanes activos más altos del planeta considerado una deidad en tiempos de los Incas, y van a volcarse en el océano Atlántico, a unos cinco mil kilómetros de distancia. En 2003 salí de Quito en un todoterreno Subaru y enfilé hacia Shell provisto de una misión muy distinta de cualquiera de las aceptadas por mí con anterioridad. Iba a tratar de poner fin a una guerra que yo mismo había contribuido a desencadenar. Como en tantos otros casos cuya responsabilidad hemos de asumir nosotros los EHM, esa guerra era prácticamente desconocida fuera del país donde tenía lugar. Yo iba a reunirme con los shuar, los quechua y sus vecinos los achuar, los zaparo y los shiwiar; tribus decididas a impedir que nuestras compañías petroleras siguieran destruyendo sus hogares, sus familias y sus tierras, aunque ello significase poner en peligro sus vidas. Para ellos estaba en juego la supervivencia de sus hijos y de sus culturas, mientras que para nosotros era cuestión de poder, de dinero y de recursos naturales. Ese es uno de los muchos aspectos de la lucha por el dominio del mundo, del sueño de unos hombres codiciosos en busca del imperio global.1 Construir el imperio global es lo que se nos da mejor a los EHM. Somos una élite de hombres y mujeres que utilizamos las organizaciones financieras internacionales para fomentar condiciones por cuyo efecto otras naciones quedan sometidas a la corporatocracia que dirigen nuestras grandes empresas, nuestro gobierno y nuestros bancos. Al igual que nuestros semejantes de la Mafia, los EHM concedemos favores. Estos adoptan la apariencia de créditos destinados a desarrollar infraestructuras: centrales generadoras de electricidad, carreteras, puertos, aeropuertos o parques industriales. Una de las condiciones de estos empréstitos es que los proyectos y la construcción deben correr a cargo de compañías de nuestro país. y el resultado es que, en realidad, la mayor parte del dinero nunca sale de Estados Unidos. En esencia, sencillamente se transfiere desde los emporios bancarios de Washington a las constructoras de Nueva York, Houston o San Francisco. Pese al hecho de que el dinero regresa casi enseguida a las corporaciones que forman parte de la corporatocracia acreedora, el país destinatario queda obligado a reembolsado íntegramente, el principal más los intereses. Si el EHM ha trabajado bien, esa deuda será tan grande que el deudor se declarará insolvente al cabo de pocos años y será incapaz de pagar. Cuando esto ocurre, nosotros, lo mismo que la Mafia, reclamamos nuestra parte del negocio. Lo cual comprende, a menudo, una o varias de las consecuencias siguientes: votos cautivos en Naciones Unidas, establecimiento de bases militares o acceso a recursos preciosos corno el petróleo y el canal de Panamá. El deudor sigue debiéndonos el dinero, por supuesto... y otro país más queda añadido a nuestro imperio global. Mientras conducía de Quito a Shell en mi coche, en aquel día soleado de 2003, mi memoria retrocedió treinta y cinco años, a la primera vez que vi esa parte del mundo. Había leído que Ecuador, pese a su extensión relativamente modesta de 285.000 kilómetros cuadrados, tiene más de treinta volcanes activos, más del 15 por ciento de las especies de aves que hay en la Tierra y miles de especies vegetales todavía pendientes de clasificación. Además, es un país multicultural, donde los habitantes que hablan lenguas indígenas son casi tantos como los que hablan español. A mí me pareció fascinante y, desde luego, exótico; pero, sobre todo, las palabras que acudieron a mi mente en aquel entonces fueron puro, intacto e inocente. Mucho ha cambiado en estos treinta años. En 1968, época de mi primera visita, la Texaco acababa de descubrir petróleo en la Amazonia ecuatoriana. Hoy el crudo representa casi la mitad de las exportaciones del país. El oleoducto transandino construido poco después de mi primera visita ha derramado desde entonces más de medio millón de barriles sobre la frágil selva tropical: más del doble de lo que supuso el vertido del Exxon Vdldez.2 En la actualidad, un nuevo oleoducto de quinientos kilómetros, y 1.300 millones de dólares de coste, construido por un consorcio patrocinado por los EHM, promete convertir Ecuador en uno de los diez primeros proveedores mundiales de crudo de Estados Unidos.3 Se han talado superficies inmensas de selva, los guacamayos y los jaguares prácticamente se han extinguido, tres culturas indígenas ecuatorianas han sido llevadas al borde de la desaparición, y varios ríos antes cristalinos se han convertido en vertederos. Durante ese mismo período, las culturas indígenas empezaron su lucha de resistencia. El 7 de mayo de 2003, por ejemplo, un grupo de abogados estadounidenses presentó, en representación de más de treinta mil indígenas ecuatorianos, una demanda contra ChevronTexaco Corp por una cuantía de 1.000 millones de dólares. El escrito afirma que de 1971 a 1992 la petrolera gigante derramó en ríos y charcas más de 18 millones de litros diarios de efluentes tóxicos es decir, aguas contaminadas con petróleo, metales pesados y carcinógenos y que la compañía dejó a sus espaldas casi 350 pozos a cielo abierto llenos de contaminantes que siguen matando a humanos y animales. 4 A través de las ventanillas de mi todoterreno podía ver grandes bancos de niebla procedentes de la selva que remontaban las quebradas del Pastaza. Yo llevaba la camisa empapada de sudor y el estómago empezaba a revolvérseme, pero la causa no era sólo el intenso calor tropical y el serpenteo incesante de la carretera. Empezaba a pagar mi tributo, conociendo el papel desempeñado por mí en la destrucción de aquel bello país. Porque debido a la acción de mis colegas EHM y mía, Ecuador está hoy mucho peor de lo que estaba antes de introducir allí las maravillas de la ciencia económica, la banca y la ingeniería modernas. Desde 1970 y durante ese intervalo llamado eufemísticamente el Boom del Petróleo, el índice oficial de pobreza pasó del 50 al 70 por ciento de la población. El desempleo y el subempleo aumentaron del 15 al 70 por ciento, y la deuda pública pasó de 240 millones de dólares a 16.000 millones. Al mismo tiempo, la proporción de la renta nacional que reciben los segmentos más pobres de la población decayó del 20 al 6 por ciento.5 El caso de Ecuador, por desgracia, no es excepcional. Casi todos los países congregados por nosotros, los gángsteres económicos, bajo el paraguas del imperio global han corrido una suerte parecida. 6 La deuda del Tercer Mundo sobrepasa los 2,5 billones de dólares y su coste más de 375.000 millones de dólares al año según datos de 2004 excede el total de lo que gasta el Tercer Mundo en sanidad y educación, y equivale a veinte veces toda la ayuda extranjera anual que reciben los países en vías de desarrollo. Más de la mitad de "la población mundial sobrevive con menos de dos dólares al día por cabeza, más O menos lo mismo que recibía a comienzos de la década de 1970. Mientras tanto, en el Tercer Mundo el 1 por ciento de las familias más ricas acumula entre el 70 y el 90 por ciento de las fortunas privadas y del patrimonio inmobiliario de sus países (el porcentaje varía según el país que consideremos). 7 Levanté el pie del acelerador para entrar en las calles de Baños, hermoso centro turístico famoso por sus balnearios. Las aguas termales proceden de ríos volcánicos subterráneos que bajan del muy activo monte Tungurahua. Los niños corrieron junto al Subaru agitando los brazos y tratando de vendemos goma de mascar y caramelos. Luego dejamos Baños atrás. La espectacular belleza del panorama desapareció de súbito conforme salíamos del paraíso y entrábamos en una versión moderna del Infierno de Dante. Sobre el río se alzaba un monstruo descomunal, una inmensa pared gris de hormigón que desentonaba allí por completo. Era algo absolutamente antinatural e incompatible con el paisaje. A mí, por supuesto, no tenía por qué sorprenderme su presenCIA Sabía que estaba allí, al acecho, como si me esperase. La había visto muchas veces antes, y la había elogiado como símbolo de los grandes éxitos del gangsterismo económico. Aun así, se me puso la piel de gallina. Esa pared tan horrorosa como incongruente es el embalse que contiene la fuerza impetuosa del río Pastaza y desvía sus aguas hacia unos gigantescos túneles excavados en la montaña, para transformar su energía en electricidad. Se trata de la planta hidroeléctrica de Agoyan. Con su potencia de 156 megavatios, abastece a las industrias que enriquecen a un puñado de familias ecuatorianas y ha sido fuente de inenarrables desgracias para los campesinos y los pueblos indígenas que viven a orillas del río. Esa central hidroeléctrica no es más que uno de los muchos proyectos desarrollados gracias a mis esfuerzos y los de otros gángsteres económicos. Y esos proyectos son la razón de que Ecuador forme hoy parte del imperio global, y el motivo por el cual los shuar, los quechua y sus amigos amenazan con la guerra a nuestras compañías petroleras. Gracias a estos proyectos, Ecuador está agobiado por la deuda externa hasta tal punto que se ve obligado a dedicar una proporción exorbitante de su renta nacional a devolver los créditos, en vez de emplear su capital en mejorar la suerte de sus millones de ciudadanos que viven en la pobreza extrema. El único recurso que Ecuador tiene para cumplir sus obligaciones con el extranjero es la venta de sus selvas tropicales a las compañías petroleras. O más exactamente, una de las razones por las que el gangsterismo económico puso sus miras en el Ecuador, para empezar, fue que según algunas estimaciones el océano de petróleo encerrado en el subsuelo de su región amazónica podría rivalizar con los yacimientos de Oriente Próximo.8 El imperio global reclama su parte del negocio en forma de concesiones de prospección y explotación. La demanda cobró especial urgencia después del 11 de septiembre de 2001, cuando Washington temió que se cerrasen las espitas de Oriente Próximo. Para colmo, Venezuela, el tercer proveedor de Estados Unidos, acababa de elegir a un presidente populista, Hugo Chávez, que se pronunciaba enérgicamente en contra de lo que él llamaba el imperialismo estadounidense, y amenazaba con recortar los suministros de petróleo a Estados Unidos. Los gángsteres económicos habíamos fracasado en Iraq y en Venezuela, pero tuvimos éxito en Ecuador. En aquellos momentos se trataba de ordeñar la vaca hasta la última gota. El caso de Ecuador es típico de entre los países que los EHM han doblegado política y económicamente. De cada 100 dólares de crudo extraídos de las selvas ecuatorianas, las petroleras reciben 75 dólares. Quedan 25 dólares, pero tres de cada cuatro de éstos van destinados a saldar la deuda extranjera. Una parte del resto cubre los gastos militares y gubernamentales, lo que deja unos 2,50 dólares para sanidad, educación y programas de asistencia social en favor de los pobres. 9 Es decir, que de cada 100 dólares arrancados a la Amazonia, menos de 3 dólares van a parar a los más necesitados aquellas personas cuyas vidas se han visto perjudicadas por los pantanos, las perforaciones y los oleoductos, y que están muriendo por falta de alimentos y de agua potable. Todas estas personas millones en Ecuador, miles de millones en todo el mundo son terroristas en potencia. No porque crean en el comunismo, ni en el anarquismo, ni porque sean intrínsecamente perversas, sino porque están desesperadas, sencillamente. Al contemplar la presa hidráulica me pregunté, tal como me ha pasado en otros muchos lugares del mundo, cuándo pasarán a la acción esas personas; como los colonos de Norteamérica contra Inglaterra hacia la década de 1770, o los criollos contra los españoles a comienzos del siglo XIX. La sutileza de los constructores de este imperio moderno deja en evidencia a los centuriones romanos, los conquistadores españoles y las potencias coloniales europeas de los siglos XVIII Y XIX. Nosotros los EHM somos hábiles. Hemos aprendido las enseñanzas de la historia. No llevamos espada al cinto. No usamos armaduras ni uniformes que nos diferencien de los demás. En países como Ecuador, Nigeria e Indonesia vamos vestidos como los maestros de escuela o los tenderos locales. En Washington y París adoptamos el aspecto de los burócratas públicos y los banqueros. Parecemos gente modesta, normal. Inspeccionamos las obras de ingeniería y visitamos las aldeas depauperadas. Profesamos el altruismo y hacemos declaraciones a los periódicos locales sobre los maravillosos proyectos humanitarios a que nos dedicamos. Desplegamos sobre las mesas de reunión de las comisiones gubernamentales nuestras previsiones contables y financieras y damos lecciones en la Harvard Business School sobre los milagros macroeconómicos. Somos personajes públicos, sin nada que ocultar. O por lo menos nos presentamos como tales y como tales se nos acepta. Así funciona el sistema. Pocas veces hacemos nada ilegal, porque el sistema mismo está edificado sobre el subterfugio. El sistema es legítimo por definición. No obstante (y ésa es una salvedad esencial), cuando nosotros fracasamos interviene otra especie mucho más siniestra, la que nosotros, los gángsteres económicos, denominamos chacales. Esos sí son émulos más directos de aquellos imperios históricos que he mencionado. Los chacales siempre están ahí, agazapados entre las sombras. Cuando ellos actúan, los jefes de Estado caen, o tal vez mueren en «accidentes» violentos.10 Y si resulta que también fallan los chacales, como fallaron en Afganistán e Iraq, entonces resurgen los antiguos modelos. Cuando los chacales fracasan, se envía a la juventud estadounidense a matar y morir. Mientras dejaba atrás el monstruo, la pared mastodóntica de hormigón gris que encarcela el río, noté de nuevo el sudor que empapaba mis ropas y la angustia que me atenazaba el estómago. Me dirigía hacia la selva para reunirme con los pueblos indígenas decididos a luchar hasta el último hombre para frenar a ese imperio que yo había contribuido a crear, y me invadían los remordimientos. ¿Cómo era posible que se hubiese metido en tan sucios asuntos un chico de pueblo, un muchacho provinciano de New Hampshire? me preguntaba. 24 PRIMERA PARTE 1963 1971 1 Nace un gángster económico Todo empezó de forma bastante inocente. Yo fui hijo único, nacido en 1945 de una familia de clase media. Mis progenitores, yanquis de Nueva Inglaterra con tres siglos de solera, eran republicanos acérrimos que habían heredado de muchas generaciones de antepasados puritanos sus actitudes moralizantes y estrictas. En sus respectivas familias, habían sido los primeros en recibir estudios superiores gracias a las becas. Mi madre era profesora de latín en un instituto. Mi padre participó en la Segunda Guerra Mundial como teniente de navío al mando de la dotación militar de uno de aquellos mercantescisterna altamente inflamables que cruzaban el Atlántico. El día que nací en Hanover (New Hampshire), él estaba en un hospital de Texas curándose una fractura de cadera. Cuando lo conocí, yo había cumplido ya un año. Una vez de vuelta a New Hampshire, consiguió plaza de profesor de idiomas en Tilton School, un internado para chicos de la comarca. El campus estaba orgullosamente algunos dirían arrogantemente encaramado en lo alto de una colina que dominaba el pueblo de su mismo nombre. Era una institución exclusiva, que sólo admitía unos cincuenta alumnos en cada curso desde el grado noveno hasta el duodécimo. La mayoría de los estudiantes eran vástagos de familias adineradas de Buenos Aires, Caracas, Bastan y Nueva York. En mi familia no teníamos dinero, pero desde luego tampoco nos considerábamos pobres. Aunque el instituto pagaba muy poco a sus profesores, teníamos cubiertas todas nuestras necesidades gratis: la comida, la vivienda, la calefacción, el agua y los trabajadores que segaban nuestro césped y quitaban la nieve delante de nuestra puerta. Desde que cumplí cuatro años empecé a comer en el comedor de la escuela elemental, hice de recogepelotas para los equipos de fútbol que entrenaba mi padre y repartí toallas en los vestuarios. Decir que los profesores y sus esposas se consideraban superiores al resto de sus convecinos sería quedarse corto. Mis padres solían bromear diciendo que ellos eran los señores feudales y amos de aquellos palurdos, es decir, de la gente de la población. Yo sabía que no lo decían del todo en broma. Los amigos que hice en el parvulario y en la escuela elemental pertenecían a esa clase de los palurdos. Eran muy pobres. Sus padres eran labradores, leñadores y trabajadores del textil. Transpiraban hostilidad contra «esos señoritos de allá arriba». En correspondencia, y a su debido tiempo, mi padre y mi madre quisieron disuadirme de tratar con las muchachas del pueblo, «pendones» y «zorras» según ellos. Pero yo había compartido lápices y cuadernos con esas chicas desde el primer grado, y en el transcurso de los años me enamoré de tres de ellas: Ann, Priscilla y Judy. Me costaba compartir el punto de vista de mis padres. No obstante, me plegaba a su voluntad. Todos los veranos pasábamos los tres meses de vacaciones de mi padre en una cabaña que construyó mi abuelo en 1921 a orillas de un lago. Estaba rodeada de bosque, y por la noche oíamos las lechuzas y los pumas. No teníamos vecinos. Yo era el único niño en todo el entorno que se pudiese abarcar a pie. Al principio me pasaba los días haciendo como que los árboles eran caballeros de la Tabla Redonda y damas en apuros, llamadas Ann, Priscilla o Judy (según el año). Mi pasión, de eso estaba yo convencido, era tan fuerte como la de Lanzarote por la reina Ginebra... y más secreta todavía. A los catorce obtuve una beca para estudiar en el Tilton. A instancias de mis padres corté todo contacto con la población, y nunca más vi a mis antiguos amigos. Cuando mis nuevos compañeros marchaban de vacaciones a sus mansiones y a sus apartamentos de verano, yo me quedaba solo en la colina. Sus novias acababan de ser presentadas en sociedad. Yo no tenía novia. No conocía a ninguna chica que no fuese una «zorra». Había dejado de tratar con ellas, y ellas me olvidaron. Estaba solo y tremendamente frustrado. Mis padres eran unos maestros de la manipulación. Me aseguraban que yo era un privilegiado por gozar de tan magnífica oportunidad, y que algún día lo agradecería. Encontraría a la esposa perfecta, a la mujer capaz de satisfacer nuestras elevadas normas morales. Yo hervía por dentro. Necesitaba compañía femenina y sexo. No dejaba de pensar en las llamadas «zorras». En vez de rebelarme, reprimí la rabia y expresé mi frustración procurando destacar en todo. Fui matrícula de honor, capitán de dos equipos deportivos del instituto y director del periódico estudiantil. Estaba decidido a darles una lección a aquellos pijos compañeros míos, y a volver las espaldas para siempre al Tilton. Durante el último curso conseguí una beca como deportista para Brown y otra por calificaciones para Middlebury. Preferí Brown, sobre todo porque me atraían más los deportes... y porque estaba ubicada en una ciudad. Mi madre era licenciada por Middlebury y mi padre se había sacado allí su título de máster, así que ellos preferían Middlebury, y eso que Brown era una de las universidades privadas de más prestigio. Y si te rompes una pierna, entonces ¿qué? me preguntó mi padre. Es mejor aceptar la beca por calificaciones. Yo me resistía. A mi modo de ver, Middlebury no era más que una versión aumentada y corregida del instituto Tilton, sólo que no estaba en la parte rural de New Hampshire sino en la parte rural de Vermont. Cierto que era mixta, pero yo me vería pobre, y ricos a casi todos los demás. Por otra parte, hacía cuatro años que no trataba con compañeras del género femenino. Me faltaba aplomo, me sentía descolocado y avergonzado. Le supliqué a papá que me permitiera saltarme un año, o dejarlo. Quería mudarme a Bastan, vivir la vida, conocer mujeres. Él dijo que ni hablar. « ¿Cómo haré creer que preparo para la universidad a los hijos de otros, si no soy capaz de hacer que se ponga a estudiar el mío?», se preguntaba. Con el tiempo he comprendido que la vida se compone de una serie de coincidencias. Todo depende de cómo reaccionamos a ellas, de cómo ejercitamos eso que algunos llaman libre albedrío. Las opciones que adoptamos dentro de los límites que nos imponen los altibajos del destino determinan lo que somos. En Middlebury ocurrieron dos coincidencias que tuvieron un papel principal en mi vida. La primera se presentó bajo la forma de un iraní, hijo de un general que era consejero privado del sha, la segunda fue una hermosa joven que se llamaba Ann, lo mismo que mi ídolo de la infanCIA El primero, a quien llamaremos en adelante Farhad, había sido futbolista profesional en Roma. Estaba dotado de una constitución atlética, pelo negro ensortijado, ojos grandes de mirada aterciopelada y unos modales y un carisma que lo hacían irresistible para las mujeres. Lo contrario de mí en muchos aspectos. Me esforcé mucho por conquistar su amistad, y él me enseñó muchas cosas que me fueron muy útiles en los años venideros. También conocí a Ann. Aunque salía en serio con un muchacho que iba a otra universidad, en cierta manera me adoptó. Nuestra relación platónica fue el primer amor auténtico que yo había conocido. Farhad me animó a beber, a frecuentar las fiestas, a no hacer caso de mis padres. Deliberadamente había decidido abandonar los estudios, romperme la pierna académica para rebatir el argumento de mi padre. Mis calificaciones cayeron en picado y perdí la beca. En mitad del segundo año decidí dejar la universidad. Mi padre me amenazó con el repudio, mientras Farhad me incitaba. Irrumpí en el despacho del decano y me despedí de la institución. Fue un momento crucial de mi vida. . Farhad y yo celebramos en un bar de la ciudad mi última noche de universitario. Un granjero borracho, un coloso de hombre, se encaró conmigo porque según él estaba guiñándole el ojo a su esposa. Me levantó en vilo y me arrojó contra la pared. Farhad se interpuso, sacó una navaja y le rajó la mejilla al campesino. Luego cruzó el local conmigo a rastras y escapamos por una ventana para salir a una comisa de roca que se asomaba al Otter Creek. Saltamos, y siguiendo por la orilla del río conseguimos regresar a la residenCIA La mañana siguiente, cuando me interrogó el servicio de orden, mentí y negué tener ningún conocimiento del incidente. Pero a Farhad lo expulsaron de todos modos. Juntos nos mudamos a Boston, donde compartimos un apartamento. Conseguí empleo en las oficinas de unos periódicos de Hearst, Record American/Sunday Advertiser, donde ingresé como adjunto al redactor jefe del Sunday Advertiser. Más tarde, aquel mismo año de 1965, varios de mis amigos de la redacción recibieron la tarjeta de reclutamiento. Para evitar un destino similar me matriculé en la Escuela de Administración de Empresas de Boston. Para entonces Ann había roto con su antiguo novio y bajaba a menudo desde Middlebury para estar conmigo. Atención que desde luego mereció mi agradecimiento. Ella se licenció en 1967, cuando a mí todavía me faltaba un año para terminar en la EADE de Boston, y se negó rotundamente a venirse a vivir conmigo antes de casarnos. Yo bromeaba diciendo que esto era un chantaje, y en efecto me sentí un poco extorsionado por lo que, según me parecía, era una prolongación de las arcaicas y mojigatas normas morales de mis padres. Pero lo pasábamos bien juntos y yo deseaba estarlo más, así que nos casamos. El padre de Ann era un ingeniero brillante que había puesto a punto el sistema automático de navegación para una importante categoría de misiles, lo que le valió un alto cargo en el Departamento Naval. Su mejor amigo, un hombre al que Ann llamaba tío Frank (no era Frank, pero le llamaremos así en este libro), era un ejecutivo del máximo nivel en la Agencia Nacional de Seguridad (National Security Agency, NSA), el menos conocido y en muchos aspectos el más importante de los servicios de espionaje estadounidenses. Poco después de nuestro matrimonio los militares me llamaron para la revisión física, que pasé, de modo que me enfrentaba a la perspectiva de ir destinado al Vietnam una vez terminase los estudios. La idea de pelear en el Sudeste asiático me desgarraba emocionalmente, aunque la guerra siempre me ha fascinado. A mí me amamantaron con las historias de mis antepasados de la época colonial, entre los cuales figuran patriotas como Thomas Paine y Ethan Allen, y había visitado en Nueva Inglaterra y en el Estado de Nueva York todos los escenarios de las batallas que se recuerdan de las guerras del francés, contra los indios y de la Independencia contra los ingleses. A decir verdad, cuando intervinieron en el Sudeste asiático las primeras unidades de fuerzas especiales del ejército estuve a punto de alistarme. Pero luego fui cambiando de opinión, a medida que los medios de comunicación denunciaban las atrocidades y las contradicciones de la política estadounidense. A menudo me preguntaba de parte de quién se habría colocado Paine. Estaba seguro de que habría abrazado la causa de nuestro enemigo el Vietcong. Fue tío Frank quien me sacó del apuro, al decirme que un empleo en la NSA permitía solicitar prórroga y aplazar la entrada en el servicio militar. Gracias a su mediación fui entrevistado varias veces en su agencia, incluida una penosa jornada de interrogatorios bajo el detector de mentiras. A mí se me dijo que esas pruebas servirían con el fin de determinar mi idoneidad para ser reclutado y entrenado por la NSA. En caso afirmativo suministrarían además un perfil de mis puntos fuertes y débiles, que serviría para planificar mi carrera. Dada mi actitud en cuanto a la guerra de Vietnam, yo estaba seguro de no pasar las pruebas. Cuando me lo preguntaron, confesé que en mi condición de ciudadano leal a su país yo estaba en contra de la guerra. Quedé sorprendido cuando los entrevistadores no insistieron en este punto y prefirieron interrogarme sobre mi formación, mis actitudes para con mis padres y las emociones que había suscitado en mí el hecho de haberme criado como un puritano pobre entre muchos señoritos ricos y hedonistas. Exploraron también mi frustración por la falta de mujeres, de sexo y de dinero en mi vida, así como el mundo de fantasías en que me había refugiado a consecuencia de ello. También me extrañó la curiosidad que les mereció mi relación con Farhad y el interés que suscitó mi voluntad de mentirle a la policía del campus con tal de proteger a mi amigo. Al principio supuse que todos estos detalles les parecerían negativos y motivarían el rechazo de mi candidatura a entrar en la NSA. Pero las entrevistas, a pesar de ello, continuaron. No fue hasta varios años más tarde cuando comprendí que, con arreglo a los criterios de la NSA, aquellos resultados negativos habían sido positivos en realidad. Para la evaluación de ellos, no importaba tanto la supuesta lealtad a mi país como el conocimiento de las frustraciones de mi vida. El resentimiento contra mis progenitores, la obsesión con las mujeres y el afán de darme la gran vida eran los anzuelos donde ellos podían prender su cebo. Yo era seducible. Mi determinación de sobresalir en las clases y en los deportes, la insubordinación definitiva contra mi padre, la capacidad para avenirme con personas extranjeras y la facilidad para mentirle a la policía respondían precisamente a las cualidades que ellos buscaban. Más tarde supe también que el padre de Farhad trabajaba para los servicios de inteligencia estadounidenses en Irán. Por tanto, mi amistad con aquél debió constituir un punto importante a mi favor. Algunas semanas después de estas pruebas en la NSA, se me ofreció un empleo para iniciar mi formación en el arte del espionaje. Debía incorporarme tan pronto como recibiese el diploma de la EADE, para lo que me faltaban varios meses. No obstante, y cuando aún no había aceptado oficialmente esta oferta, obedeciendo a un impulso me apunté a un seminario que daba en la Universidad de Boston un reclutador del Peace Corps (Cuerpo de Paz). Uno de los «ganchos» que utilizaba era que el ingreso en el Peace Corps, lo mismo que los empleos de la NSA, servía de pretexto para prorrogar la incorporación a filas. Mi decisión de participar en el seminario fue una de esas coincidencias a las que no se atribuye importancia en su momento, pero cuyas consecuencias cambian luego la vida de una persona. El reclutador describió varios lugares del mundo especialmente necesitados de voluntarios. Uno de ellos era la selva amazónica, donde, según señaló, los pueblos indígenas seguían viviendo casi como los nativos de Norteamérica en tiempos de la llegada de los europeos. Yo siempre había soñado vivir como los abnaki, los pobladores aborígenes de New Hampshire en la época en que se establecieron allí mis antepasados. Sabía que llevaba en mis venas un poco de sangre abnaki, y deseaba conocer las costumbres de aquellas gentes y la vida en los bosques que había sido tan familiar para ellos. Fui a hablar con el reclutador después de su charla y le interrogué en cuanto a la posibilidad de ser destinado a la Amazonia. Él me aseguró que hacían falta muchos voluntarios para esa región, y que podía contar con una gran probabilidad de ser admitido. Llamé a tío Frank. Con no poca sorpresa por mi parte, tío Frank me animó a considerar esa posibilidad. En plan confidencial me dijo que después de la caída de Hanói, que muchos en posiciones similares a la suya daban por cierta en aquellos tiempos, la Amazonia iba a pasar al primer plano del interés. «Está que rebosa de petróleo dijo. Necesitaremos buenos agentes ahí, individuos que sepan entender a los nativos.» Me aseguró que el servicio en el Peace Corps sería un entrenamiento excelente para mí, y me instó a que procurase dominar cuanto antes la lengua española así como varios dialectos indígenas. «Es posible que acabes al servicio de una compañía privada, no del gobierno», dijo con sorna. En aquel entonces no comprendí lo que había querido decir con estas palabras. Estaba siendo ascendido de espía a agente del gangsterismo económico, aunque aún no hubiese oído jamás esa expresión, y aún iba a tardar varios años más en oírla por primera vez. Desconocía por completo la existencia de cientos de hombres y mujeres que, repartidos por todo el mundo, trabajaban por cuenta de consultarías y otras empresas privadas, sin recibir nunca ni un centavo de salario de ninguna agencia gubernamental, pero sirviendo, no obstante, a los intereses del imperio. Ni podía adivinar entonces que hacia el fin del milenio iban a ser miles los representantes de una nueva especie, denominada más eufemísticamente, y que yo iba a representar un papel señalado en el crecimiento de semejante ejército. Ann y yo solicitamos el ingreso en el Peace Corps y ser destinados a la Amazonia. Cuando nos llegó el aviso de incorporación, al principio sufrí un fuerte desengaño. La carta decía que íbamos destinados al Ecuador. ¡No, caramba!, pensé. Yo había solicitado la Amazonia, no África. Fui a buscar un atlas, para mirar dónde quedaba Ecuador. Cuál no sería mi contrariedad al no localizarlo en el continente africano. En el índice, sin embargo, descubrí que estaba en Latinoamérica. Y en el mapa pude ver la red fluvial que bajaba desde los glaciares andinos hasta el poderoso Amazonas. Otras lecturas me aseguraron que las selvas ecuatorianas figuraban entre las más variadas y formidables del mundo, y que sus pobladores indígenas continuaban viviendo como habían venido haciéndolo durante miles de años. De modo que aceptamos. Ann y yo pasamos la instrucción para el Peace Corps en el sur de California. En septiembre de 1968 partimos hacia Ecuador. En la Amazonia convivimos con los shuar, cuyo estilo de vida, efectivamente, se asemejaba al de los aborígenes de Norteamérica en la época precolombina. También trabajamos en los Andes con los descendientes de los incas. Estaba yo descubriendo un aspecto del mundo cuya existencia ni siquiera sospechaba. Hasta entonces, los únicos latinoamericanos que yo había visto eran los señoritos ricos que asistían a las clases de mi padre en el instituto. Descubrí que me caían bien aquellos nativos cazadores y agricultores. Me sentía extrañamente emparentado con ellos, y por alguna razón me recordaban a los pueblerinos que había dejado en mi país. Hasta el día que apareció en la pista de aterrizaje comarcal un individuo en traje de ciudad. Era Einar Greve, vicepresidente de la Chas. T Main Inc. (MAIN), consultoría internacional que practicaba una política empresarial de gran discreción. Por entonces, estaba encargado de estudiar si el Banco Mundial debía prestar a Ecuador y países limítrofes los miles de millones de dólares necesarios para la construcción de embalses hidroeléctricos y otras infraestructuras. Además, Einar era coronel de la Reserva estadounidense. Para empezar, se puso a hablarme de las ventajas de trabajar para una compañía como MAIN. Cuando mencioné que había sido admitido por la NSA antes de ingresar en el Peace Corps, y que estaba considerando la posibilidad de incorporarme a aquélla, él puso en mi conocimiento que algunas veces actuaba de enlace con la NSA. Mientras lo decía, me miraba de una manera que me hizo sospechar que venía con el encargo de evaluar mi capacidad, entre otras cosas. Hoy creo que estaba poniendo al día mi perfil y, sobre todo, tratando de calibrar mis aptitudes para sobrevivir en unos entornos que la mayoría de mis compatriotas juzgarían hostiles. Pasamos juntos un par de días en el Ecuador y luego seguimos en contacto por correo. Él me había pedido que le enviase informes sobre las perspectivas económicas del país. Yo tenía una pequeña máquina de escribir portátil y me gustaba escribir, de manera que atendí su petición con mucho gusto. En el plazo de un año le envié a Einar unas quince cartas bastante extensas. En ellas especulaba sobre el porvenir económico y político del Ecuador y comentaba la creciente intranquilidad de las comunidades indígenas enfrentadas a las compañías petroleras, a las agencias internacionales de desarrollo y a otras tentativas de introducirlos en el mundo moderno aunque fuese a puntapiés. Cuando nuestra toumée con Peace Corps finalizó, Einar me invitó a una entrevista de empleo en la sede central que tenía MAIN en Boston. En una conversación privada conmigo subrayó que, si bien el negocio principal de MAIN eran los proyectos de ingeniería, últimamente su principal cliente, el Banco Mundial, venía indicándole que contratase a economistas a fin de elaborar los pronósticos económicos indispensables para determinar la viabilidad y la magnitud de los mencionados proyectos. Y me confesó que antes de hablar conmigo había contratado a tres economistas muy cualificados, de credenciales impecables: dos profesores y un licenciado. Pero habían fracasado miserablemente. Ninguno de ellos estaba en condiciones de elaborar proyecciones económicas sobre países donde no se cuenta con estadísticas fiables explicó Einar. Además, siguió diciendo, ninguno de ellos había aguantado hasta la fecha de expiración de sus contratos, cuyas condiciones incluían desplazamientos a lejanas regiones de países como Ecuador, Indonesia, Irán y Egipto para entrevistar a los dirigentes locales e inspeccionar personalmente las perspectivas de desarrollo económico. Uno de ellos sufrió una crisis nerviosa en una remota aldea panameña. La policía del país tuvo que escoltarlo hasta el aeropuerto y meterlo en el avión de regreso a Estados Unidos. Las cartas que enviaste me dieron a entender que no se te caen los anillos y que sabes buscar datos cuando no están disponibles. Y después de ver tus condiciones de vida en el Ecuador, creo que podrás sobrevivir casi en cualquier parte. Por último, me contó que había despedido ya a uno de aquellos economistas, y que estaba dispuesto a hacer lo mismo con los otros dos si yo aceptaba su ofrecimiento. Así fue como, en enero de 1971, me vi candidato a un empleo de economista en MAIN. Acababa de cumplir veintiséis años, la edad mágica a la que ya no podía alcanzarme la tarjeta de reclutamiento. Lo consulté con Ann y su familia. Ellos me animaron a aceptarlo, en lo que me pareció notar la influencia del tío Frank. Entonces recordé su comentario sobre la posibilidad de acabar trabajando para una compañía privada. Sobre esto nunca se comentó nada de manera explícita, pero tuve la convicción de que mi empleo en MAIN era consecuencia de las disposiciones tomadas por tío Frank tres años antes, sumando mis experiencias en Ecuador y mi disposición para enviar informes sobre la situación económica y política del país. . Sentí vértigo durante varias semanas y andaba por ahí con el ego bastante henchido. Yo sólo tenía una licenciatura por la Universidad de Boston, poca cosa para ingresar en el servicio de estudios económicos de tan empingorotada consultoría. Muchos ex compañeros míos de Boston rechazados por los militares y que habían continuado estudios hasta el máster y otros títulos de tercer ciclo se morirían de envidia cuando lo supieran. Me veía a mí mismo como brillante agente secreto destinado en países exóticos, acostado en una tumbona al lado de la piscina de mi hotel de lujo, el martini en la mano y rodeado de espectaculares mujeres en bikini. Eran sólo fantasías, pero más tarde hallé que contenían algún elemento verdadero. Aunque Einar me había contratado como economista, pronto descubrí que mi verdadera misión iba mucho más allá, y se asemejaba mucho más a las de James Bond de lo que parecía a primera vista. 37 2 «Para toda la vida» En términos legales podría decirse que MAIN era un coto cerrado. . Apenas un 5 por ciento de sus dos mil empleados, los llamados socios principales, tenían todas las acciones. Su posición era muy envidiada. No sólo mandaban sino que además se llevaban la mayor parte del pastel. Su actitud fundamental, la discreción. Porque trataban con jefes de Estado y otros altos dirigentes acostumbrados a exigir de sus asesores, como abogados y psicoterapeutas por ejemplo, el mayor respeto a las normas de la más estricta confidencialidad. Hablar con la prensa era tabú. No se toleraba, y punto. Como resultado, casi nadie fuera de la empresa sabía quién era MAIN, a diferencia de otras competidoras nuestras más conocidas como Arthur D. Little, Stone & Webster, Brown & Root, Halliburton y Bechtel. He utilizado la palabra «competidoras» en sentido figurado, porque MAIN en realidad era jugadora única en su propia liga. La mayoría de los profesionales contratados eran ingenieros, pero no teníamos ninguna maquinaria ni construíamos nada, ni que fuese un barracón para guardar trastos. Muchos empleados eran ex oficiales, pero no teníamos ningún contrato con el Departamento de Defensa ni ningún otro organismo de los militares. Estábamos en una rama comercial tan diferente de las normales, que me costó varios meses averiguar de qué se trataba. Sólo sabía que mi primer destino real iba a ser Indonesia y que formaría parte de un equipo de once hombres enviados a elaborar un plan maestro de aprovisionamiento energético para la isla de Java. También me di cuenta de que Einar y los demás que me comentaban la misión andaban empeñados en persuadirme de que la economía de Java estaba en fase de rápido crecimiento. Y que, si quería perfilarme como buen observador (digno de ofrecerle un ascenso, por tanto), mis proyecciones económicas debían demostrar eso ecisamente. «Están que se salen del mapa», gustaba decir Einar. Alzaba los dedos del papel simulando un vuelo planeado y agregaba: « ¡Una economía que va a despegar como un pájaro!» Einar salía a menudo de viaje, pero sus ausencias solían durar sólo dos o tres días. Nadie hablaba mucho de ello, ni parecía que estuvieran enterados de adónde iba. Cuando aparecía por los despachos, a menudo me invitaba al suyo para tomar unos cafés y charlar. Entonces me preguntaba por Ann, por nuestro nuevo apartamento o por el gato que nos habíamos traído de Ecuador. Cuando empecé a conocerlo un poco más, me animé a dirigirle preguntas sobre su trabajo y sobre lo que se esperaba que yo hiciera en el mío. Pero nunca recibí una contestación satisfactoria. Era maestro en el arte de desviar las conversaciones. Una de esas veces me asestó una mirada peculiar. No tienes de qué preocuparte dijo. Tenemos grandes planes para ti. El otro día estuve en Washington y... Se interrumpió a sí mismo, con una sonrisa inescrutable. En cualquier caso, ya sabes que tenemos un proyecto importante en Kuwait. Será poco antes de que salgas para Indonesia. Te aconsejo que aproveches algo de tu tiempo para informarte acerca de Kuwait. La biblioteca pública de Boston es un sitio estupendo para ello, y podemos conseguirte pases para la del MIT y la de Harvard. En consecuencia, pasé muchas horas en esas bibliotecas, sobre todo en la pública de Boston, pues quedaba cerca de la oficina y casi pegada a mi apartamento en Back Bay. Me familiaricé con Kuwait y además descubrí muchos libros de estadística económica publicados por Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Sabiendo que se me exigiría la elaboración de modelos econométricos para Indonesia y lava, se me ocurrió que podría entrenarme preparando uno para Kuwait. Sin embargo, yo había estudiado administración de empresas y no estaba preparado para realizar cálculos econométricos, así que dediqué la mayor parte del tiempo a tratar de cubrir esa laguna. Incluso me apunté a un par de cursos sobre la cuestión. En este proceso descubrí que las estadísticas pueden manipularse y dar lugar a una gama de conclusiones muy amplia, incluyendo las que corroboren las preferencias del analista. MAIN era una corporación machista. En 1971 sólo empleaba a cuatro mujeres en cargos profesionales. Sin embargo, tendrían unas doscientas empleadas entre la dotación de secretarias personales: una para cada vicepresidente y cada director de departamento y el equipo de mecanógrafas a disposición de todos nosotros, los demás. Yo estaba acostumbrado a esta discriminación de género, por lo que me sorprendió especialmente lo que sucedió cierto día en la sala de lectura de la biblioteca pública. Una atractiva morena se acercó y fue a sentarse en el sillón de enfrente. Se veía muy sofisticada con su traje sastre verde. Al observarla mientras procuraba hacerme el indiferente, o el disimulado, me pareció algunos años mayor que yo. Al cabo de un rato, sin decir palabra, ella empujó hacia mí un libro abierto. Contenía una tabla con información sobre Kuwait que yo había solicitado anteriormente, y una tarjeta de visita. El nombre decía Claudine Martin y el cargo: «Asesora especial en Chas. T. Main, Inc.» Al levantar los ojos me tropecé con la seductora mirada de sus ojos verdes. Ella me tendió la mano. «Tengo instrucciones de ayudarte en tu preparación» anunció. No podía creer que aquello me estuviera sucediendo a mí. A partir del día siguiente nos reunimos en el apartamento que Claudine tenía en Beacon Street, no lejos de las oficinas centrales de MAlN en el Prudential Center. En nuestra primera hora de diálogo me manifestó que mi posición era poco común y exigía, entre otras cosas, la más estricta confidencialidad. Me explicó por qué nadie me había dado una descripción de mi puesto de trabajo. Nadie estaba autorizado a hacerlo... excepto ella. Y por último me aclaró que su misión consistía en hacer de mí un gángster económico. La expresión evocaba asoc

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