Nada más que libros - Jack London

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“Buck no leía periódicos, de lo contrario habría sabido que una amenaza se cernía no sólo sobre él, sino sobre cualquier otro perro de la costa, entre Puget Sound y San Diego, con fuerte musculatura y largo y abrigado pelaje. Porque en la oscuridad del Ártico, unos hombres habían encontrado un metal amarillo y, debido a que las compañías navieras y de transporte propagaron el hallazgo, miles de otros hombres se lanzaban hacia el norte. Estos hombres necesitaban perros y los querían recios, con una fuerte musculatura que los hiciera resistentes al trabajo duro y un pelo abundante que los protegiera del frío”. Fragmento de “La llamada de la selva”. Al igual que Emilio Salgari, Jack London sacó fruto de su experiencia personal y de sus viajes para escribir sus mejores novelas. Toda su vida fue vertiginosa, azarosa y cambiante, sumido en continuas depresiones alcohólicas y suicidas. Fue un hombre que vivió entre dos siglos y ese cambio se notó también en su vida y en su obra. Se cree que fue hijo natural de Wiliam Chaney, periodista, abogado y astrólogo ambulante de poca monta, al que no llegó a conocer, y de Flora Wellman, una madre desnaturalizada, neurótica y aficionada al espiritismo. Su madre le abandonó cuando aún era muy pequeño y fue criado por su padrastro y por una antigua esclava, Virginia Prentiss, en medio de una pobreza extrema. London representa como nadie uno de esos casos en los que su infancia y adolescencia le influyeron para el resto de su vida. Hubiera sido un buen elemento para ser analizado por un psicólogo, si se hubiera dejado. Le hubiera contado que sus juegos tenían como escenario los peligrosos muelles de San Francisco, su ciudad natal, y que a los catorce años empezó a trabajar en un barco y a los quince en una fábrica de conservas. Confesaría que pronto comenzó a ganarse la vida y a desarrollar su instinto de picaresca y supervivencia. A decir verdad, Jack tenía todas las papeletas para convertirse en un delincuente barriobajero, sobre todo cuando se aficionó a la bebida. Sus hazañas de pubertad no hacían presagiar nada bueno, pero al mismo tiempo que se emborrachaba se interesó por la lectura. Entre sus autores preferidos estaba Ruyard Kipling. A los dieciséis años, cuenta él mismo una anécdota significativa de la época que le tocó vivir. Dice London que cuando era pescador furtivo de ostras compró una barca con todos sus componentes, incluido en el lote un regalo que no se imaginaba: una mujer a la que llamaban “la reina de los piratas”. Este es uno de tantos aldabonazos de una larga vida aventurera, digna de una película de acción. Fue grumete, vagabundo, agitador político socialista, cazador de focas, buscador de oro en Alaska, reportero, corresponsal de la guerra ruso-japonesa y hasta ranchero. Se casó dos veces y con su segunda mujer, construyó un barco con el que intentó dar la vuelta al mundo, empresa que le inspiró su novela “Aventura”. Su existencia, como la de muchos otros, daba para muchas historias. En sus novelas están reflejadas sus profesiones y personalidades con distintos nombres, porque de lo contrario, no podríamos creer que un ser humano haya vivido- y hasta sobrevivido- con tanta intensidad. Su vida daría un cambio cuando se embarcó en una expedición al Ártico para cazar focas, aventura que suministró el argumento para su novela “El lobo de mar” publicada en 1.904. A su regreso a San Francisco se encontró con una situación poco agradable; la crisis económica que comenzó en 1.893 y múltiples problemas personales y profesionales. En 1.896, cuando acababa de cumplir veinte años, su vida experimentó un nuevo giro: ingresó en la Universidad de California y allí descubrió el “Manifiesto comunista” de Marx y su lectura le convirtió en un socialista militante. Tras estudiar en Berkeley pasó en 1.897 a convertirse en uno de los miles de hombres que partieron hacia la región del rio Klondike, en Canadá, arrastrado por la fiebre del oro que se desató el 17 de Agosto de 1.896 en uno de sus afluentes, el Bonanza Creek. En su mochila llevaba, además de sus objetos y prendas personales, el “Paraiso perdido” de John Milton y las obras de los evolucionistas Darwin y Haeckel. Cuando regresó a su país ya tenía en mente los argumentos de sus más famosas obras: “La llamada de la selva” y “Colmillo blanco”. En 1.903 triunfa con la primera de ellas donde pone en práctica la teoría de la supervivencia del más fuerte; un perro doméstico acaba convirtiéndose en el jefe de una manada de lobos en el Yucón. Y así, poco a poco, irá publicando relatos hasta llegar a un total de cincuenta, todos con el mismo denominador común: el riesgo y la aventura, en muchas de las cuales él participó de forma activa y directa. Sus problemas con el alcohol no habían desaparecido sino todo lo contrario, pues se incrementaron en su búsqueda de pepitas de oro en un ambiente propicio a los desmanes. Su vida y su actividad literaria están muy influidas por sus ideas socialistas y eso se verá reflejado claramente en sus obras “El pueblo del abismo” de 1.903, que es una descripción de la miseria en el East End de Londres (el escenario donde Jack el Destripador cometió sus atroces crímenes a finales del siglo XIX), “La guerra de las clases” de 1.905 y “El talón de hierro” de 1.907, una de las primeras utopías pesimistas o distopías del siglo XX, que nos advierte frente a la posibilidad de una dictadura fascista, algo en lo que no estuvo desencaminado. Asimismo en su obra “El lobo de mar”, el protagonista, el capitán Wolf Larsen, intenta poner en práctica la idea del superhombre de Nietzsche y Spencer. Se calcula que entre 1.900 y 1.916 la publicación de sus libros le hicieron ganar más de un millón de dólares, cantidad exorbitante para la época, pero que no tardó en dilapidar en sus adicciones y negocios fallidos. A los cuarenta años, London era el escritor más popular y mejor pagado de América y tal vez del mundo. Poseía dinero, éxito, un lugar de retiro apartado en el norte de California y parecía felizmente casado. Y cuando lo tiene todo decide suicidarse….. Lo que le lleva a la fatal decisión es su adicción a la bebida. Se jactaba entre sus amigos de beber más que nadie. El mismo explicaba que empezó a beber a los cinco años algún trago de cerveza que desde un bar cercano le llevaba a diario a su padrastro en un cubo. Como marinero, a los catorce años afirmaba que podía beber más que sus compañeros de a bordo, mucho más veteranos que él y lo demostraba. London bebió y bebió durante toda su vida, sobre todo whisky que era su bebida favorita. Como a Edgar Allan Poe, el alcohol le servía de inspiración, o eso creía, pero también a su degradación. Alcanzó y superó el tope del litro diario. Cuando tenía cuarenta años había vivido casi tres vidas. Tanto ritmo le costó muy caro. El alcohol, la uremia y la morfina para calmar sus dolores, desembocó en el suicidio el 22 de Noviembre de 1.916 ingiriendo una dosis mortal de sulfato de morfina en su rancho de California al que llamó, como era propio en él, “Wolf House” (la Casa del lobo). Los periódicos europeos dedicaron más espacio a la noticia de su muerte que a la del emperador Francisco José de Austria, fallecido el día anterior. Tres años antes de morir, en 1.913, escribió “John Barley o memorias de un alcohólico”, una especie de confesión autobiográfica donde admitía su adicción de toda la vida con una conclusión final: “Mi intención es seguir bebiendo, pero con más habilidad, con más discreción”...y siguió bebiendo mucho más hasta que todo terminó. En su novela “El vagabundo de las estrellas” se hace una pregunta: “¿Qué seré cuando vuelva a vivir?”. ¿Creía Jack London en la reencarnación?. En todo caso tuvo una vida extraña, digna de la mejor novela. Vivió y murió como deseó.

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