La vida que se escapa

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El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Es así de sencillo. La mayoría de personas dicen que saben muy bien lo que quieren: “yo quiero que no le falte de nada a mi gente”, “yo quiero trabajar para poder defenderme en la vida”, “yo quiero salud para los míos”… Pero, ¿y el sentido de tu vida, cuál es? ¿Para qué te levantas temprano, trabajas tantas horas y soportas tantas ingratitudes? ¿Para qué has nacido? O, simplemente, ¿sigues creyendo que tu vida está marcada por un propósito y posee un sentido especial?
Se dice que aproximadamente un 95% de la población no se ha planteado de un modo serio el sentido de su vida, el “para qué”. No se trata de hacerte alguna vez esta pregunta, se trata de intentar contestarla con tu vida.
Cuando uno vive sin mayores planteamientos, se dice que vive en piloto automático. Esto quiere decir que vive sin un proyecto que le ayude a encaminar sus pasos y a dotar de sentido sus avances, retrocesos, dificultades… Son gente que vive a medio gas, ahogado en sus muchos problemas y sin brillo, y, lo que es peor, son gente que entiende que en eso consiste la realización personal, la estabilidad, la madurez y hasta la felicidad. Esta es la gente a la que el Señor encuentra dormida y que, por tanto, a duras penas podrá darse cuenta, reconocer su venida.
La gente que vive desilusionada a menudo espera que las cosas se arreglen solas o las arregle otro. No resuelven ni toman el control de sus vidas. En cambio, la gente que vive en actitud vigilante no esperan jamás a que las cosas sucedan, sino que son ellas quienes toman una resolución. ¿Y qué es tomar una resolución? Tomar una resolución es decir “esto va a ser así”. Cortas el resto de posibilidades, quemas los barcos, derribas los puentes y te comprometes con tu decisión. No hay vuelta atrás.
Sólo puede preparar la venida del Señor quien toma el control de su propia existencia para que no la arrastren las corrientes, quien presta atención para no contaminar su mente con las influencias que nada tienen que ver con el Evangelio, en definitiva, quien es consciente, no inconsciente, de a dónde quiere ir porque sabe lo que quiere, para qué ha nacido.
Entonces la vida cobra un sentido luminoso, porque se construye desde un propósito. Los logros y los fracasos, por igual, adquieren valor, significado en función de nuestro proyecto existencial. Dios aquí no es un aderezo costumbrista o folklórico, Dios aquí es un motor del cambio. Por eso “velad”, es decir: no dejes que la vida se escape entre tus manos sin que puedas confesar -¡con todas las letras!- que has vivido.
Luis Rebolo

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