Heridas De Una Mujer - Pastora Jeannette Noguera

59:25
 
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Rut 1:20, Juan 5:1-14.

El mundo está lleno de enfermedades, de maldad, de pobreza, de incertidumbres, de dolor y de heridas profundas causadas por los hombres que habitan el planeta, y todo eso es por la maldición que el hombre mismo causó a esta tierra. Dice la palabra en el libro de Génesis 3:17 que Dios mismo maldijo la tierra por culpa del pecado del hombre. “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.” Y por cuanto vivimos en una tierra que está maldita es que pasamos por toda la maldad que habita en ella.

La gente nos hiere porque nosotros le damos permiso para que lo hagan, esos que nos han herido no se van a enterrar con nosotros cuando nos muramos, por lo tanto que bueno sería que no nos contaminemos con las inmundicias de ellos; pero muchas veces cargamos esas heridas en nuestro corazón durante el recorrido de nuestra vida.

Es el tiempo de tomar la decisión de libarse de la venganza, de la tiranía de la amargura, quitar el ácido que corroe el alma, de la metástasis del cáncer del alma que tuerce nuestros dedos, daña nuestros huesos y nos llena de enfermedades físicas, emocionales y espirituales; nos convierte en paralíticos sin esperanza, debemos acercarnos mas a la frase de Jesús en el madero “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Cuando el dolor ha inundado nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente nos convertimos en paralíticos que aún conociendo a Jesús no podemos ver el poder que Él tiene para sanarnos.

En la historia del estanque de Bethesda podemos ver que habían enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, gente que no se podían valer por sí mismo, gente que necesitaban de la ayuda de alguien o algo para poder lograr sus propósitos en la vida.

Hoy quiero referirme a un hecho real que sucedió en el estanque de Bethesda, allí había un paralítico que no conocía a Jesús, ni mucho menos sabía que tenía poder para sanarlo, su única esperanza era el ser el primero en sumergirse en el estanque cuando llegaba el ángel a agitar el agua, muchas veces la esperanza es lo que sostiene al hombre con vida cuando éste ha perdido todo. En este caso llevaba 38 años con su parálisis; yo quiero preguntarte, cuantos años llevas paralítica con un corazón cargado de dolor tras dolor; confiando tal vez en personas que en vez de ayudarte a sanar tus heridas se convierten en verdugos que le agregan cada vez mas y mas heridas a tu alma, convirtiendo tu corazón en un corazón de piedra y llenando tu cuerpo de enfermedades incurables.

Hoy el Señor te hace la misma pregunta que le hizo al paralítico de Bethesda “Quieres ser sana?”, sin las excusas, ni prerrogativas, ni pensamientos que llegan a nuestra mente “¿Como voy a perdonar a alguien que me hizo tanto daño?”.

Ese día, aquel hombre paralítico iba a descubrir que, después de todo, tenía a alguien que lo iba a librar de su destino infructuoso, en este caso, fue el Señor quien se acercó al hombre para sanarlo.

Cuando el Señor se acercó al paralítico, es probable que éste haya pensado que por fin había alguien que se compadecía de él, que Jesús le ayudaría a llegar antes que los demás para el momento de la agitación del agua y entonces obtendría su milagro. Pero en lugar de ello, el Señor solamente le dijo con autoridad:

  1. Leván­tate…
  2. Toma tu lecho…
  3. Y anda…

Y al instante aquel hombre fue sanado (Juan 5:8-9).

Con Jesucristo no hay necesidad de estanques, ni de ninguna intervención angelical, ni de ninguna otra cosa. Pudo aquel hombre percibir aquellas palabras dichas con autoridad que le hicieron levantarse instantáneamente. El paralítico fue restablecido físicamente, pero otra cosa muy distinta era su enfermedad espiritual. Esto último era lo realmente importante para Jesús. Así que cuando el Señor lo volvió a encontrar en el templo, se le acercó y le dijo: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor (Juan 5:14). Los milagros que el Señor hacía tenían un propósito mayor: llevar al hombre a la salvación.

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